Los lamentos quejumbrosos suenan en el círculo abovedado de la prisión. Allí, un noble francés carga con las herrumbrosas cadenas que lo tienen maniatado de cuello a cintura. No hay ni una rendija en las paredes de tal malhadado antro por la cual pueda saber si es día o noche. El carcelero viene de vez en cuando a cambiar - con una severa antorcha de llamarada azul - el plato de comida y el vaso de bebida. Y con especias salpimentadas le da una nueva ración para que trague agua y así la apure hasta no dejar ni una mísera gota. El cautivo está entristecido y ya ha perdido la esperanza de ser rescatado. Pues sabe que desde tal habitación obscura ni una pisada de soldado se escucha ya. Desearía que lo desencadenasen aunque fuera. Y lo llevasen a la intemperie del cadalso para cortar su cabeza. Pero sabe que su postración en tal funesta celda es mejor para ir minando poco a poco su ya quejumbrosa salud.