PITEIRA
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL CARNICERO
Era un hombre corpulento, a quien el paso de los años no había logrado debilitar. De aspecto hosco, hablaba a gritos y sus carcajadas resonaban en la taberna como el eco que el trueno producía entre las pequeñas montañas que formaban el valle. Allí dejaba pasar las horas en las lluviosas tardes de otoño junto a sus tres inseparables compañeros de juego.
__¡Arrastro!__ Decía con voz potente golpeando con gran estruendo la mesa de madera, al tiempo que saltaba de entre sus gruesos dedos el naipe que obligaba a sus contrincantes a desprenderse de sus mejores cartas, humillándoles con burlonas risotadas e hiriéndoles en lo mas profundo su amor propio hasta hacer que se sintieran los seres más pequeños e indefensos del Planeta.
Mas si la jugada se volvía en su contra, fruncía el ceño alzando la mirada hacia su compañero, una mirada en la que se adivinaba la enorme ira que le embargaba, dejando brotar de sus labios todo tipo de improperios y blasfemias haciéndole responsable de tal fatalidad y terminando con vehemencia, después de la gran retahíla de insultos, con la acostumbrada y amenazadora frase que tanto le gustaba.
__¿Es que no me conoces? ¡Mira que he matado más hombres que becerros!
Le gustaba decirla a la menor oportunidad, no sólo durante las partidas de cartas sino en cualquier momento del día, cualquiera que fuese el lugar en el que se encontrase, creyendo atemorizar así a quien con él discutiese por el motivo más banal.
Muchas eran las veces que había contado historias sobre la gente que mató durante y después de la guerra. Explicaba como iba a buscar a sus víctimas y se regocijaba describiendo el miedo que les hacía sentir antes de acabar con su vida en medio del monte, en noches de buena luna, para que no se le escaparan entre la espesura amparadas por la oscuridad. Contaba sus historias sin dejarse el más mínimo detalle que las hiciera lo más crueles posible y presumía con ello de su valentía y sus pocos escrúpulos, pareciéndole que los que le escuchaban se asombraban de su extremada crueldad y se sentían así más temerosos de él.
Sin embargo la gente tomaba sus cuentos como increíbles bravuconadas, y si bien era cierto que había sacrificado muchos animales, pues el mismo mataba, descuartizaba y vendía la carne de las reses que compraba en las ferias de ganado de la comarca, no tomaban en serio ni una sola de las horribles historias que pretendía hacerles creer, aunque él no estaba al caso y creía ser el hombre más temido del valle.
Una tarde, mientras echaban su ineludible partida de cartas, entró en la taberna un hombre al que no conocían. Era joven, no tendría más de treinta años, y vestía traje de un gris pálido tocando su cabeza con un discreto sombrero. Saludó educadamente y se dirigió hacia una de las mesas mientras era observado con atención por los presentes que, intrigados por la novedad, no podían disimular su curiosidad; No era frecuente que por esas fechas y a esas horas hubiera en el local más gente que los cuatro jugadores y el propio tabernero, que sufría la presencia de los mismos con gran resignación obligado por el negocio al que debía la mayor parte de sus ingresos. Sin embargo enseguida se disipó su curiosidad, en cuanto el forastero comenzó a sorber con naturalidad su café caliente y no les dio ningún extravagante motivo para continuar fijándose en él. Era un simple viajero, como los que en algunas ocasiones habían repuesto allí sus fuerzas para seguir inmediatamente su camino. Así que los jugadores siguieron con su partida, ajenos por completo a las disimuladas miradas que el forastero les brindaba cuando, exaltados por el juego, vociferaban y blasfemaban.
Había pagado ya su consumición y estando a punto de despedirse, con su mano en el pomo de la puerta, se giró con brusquedad y quedó anclado al suelo con la mirada clavada en la mesa que ocupaban los cuatro contendientes. Sus incrédulos y sorprendidos ojos buscaban en ella, sin apenas mover el rostro, la voz de quien había pronunciado con extremada exaltación la frase que desde hacía tantos años permanecía en su memoria, y que tanto había deseado volver a escuchar. Repuesto del sobresalto, se encaminó lentamente hacia los jugadores y dirigiéndose al de aspecto más grotesco inquirió con aire autoritario:
__Ud. perdone. ¿Puede repetir lo que acaba de decir?
__¡No doy explicaciones a quien no conozco!
__No se preocupe Ud. que yo me presentaré enseguida, si Ud. repite lo que
__Mire, mire caballero, no me importa quien es o deja de ser, yo digo lo que quiero y cuando quiero, y no dé Ud. la lata que está estorbando la partida.
Quiso el grosero personaje dar por terminada la conversación retirando la mirada del forastero, al tiempo que le obsequiaba con una mueca de indiferencia e increpaba a su compañero instándole a seguir con el juego. Pero el viajero no se retiraba y seguía mirándole fijamente, serio, sin mover ni un solo músculo, y el jugador comenzó a ponerse nervioso, a no atender a la jugada como debiera y acabó por enojarse, y soltando al fin la lengua, exclamó
__¡Me cago en tal, que he matado más hombres que becerros!
¿Quiere Ud. dejarnos jugar en paz?
Pero el hombre no dejó de mirarle y sin abandonar el gesto de asombro que le inundaba volvió a preguntar al jugador
__¿Es Ud. El Carnicero?
__Sí señor, yo soy, ese es mi oficio pero
__No me refiero a su negocio, ¿le llaman a Ud. El Carnicero?
Preguntó de nuevo aclarando la cuestión con gesto impaciente.
__Así es, pero ¿quién le ha dicho? ¿Quién es Ud.?
Ahora era el jugador el asombrado, sus ojos parecían no dar crédito a lo que estaba ocurriendo. Alguien conocía su apodo, alguien podría demostrar a todo el mundo que era verdad, que hubo un tiempo en que fue conocido como El Carnicero, que había sido temido por todos en muchos kilómetros a la redonda.
Paralizado por la sorpresa, con la boca abierta y la mirada fija en el joven, se mantuvo así durante unos segundos que parecieron una eternidad a sus compañeros de mesa, impacientes por conocer cual sería el desenlace del fortuito encuentro.
Su repentina parálisis se convirtió en imparable temblor de todo su cuerpo, exaltado por el acontecimiento y la enorme ansia de conocer al hombre que había interrumpido su partida. Con gran excitación arrastró bruscamente una silla colocándola a su lado al tiempo que tomando el brazo del joven le obligaba a sentarse en ella de un fuerte tirón. Continuaba mirándole esperando algún ademán, alguna palabra que le hiciera recordar cualquiera de sus proezas, pero el viajero no abría la boca y el ambiente era cada vez más tenso.
Comenzó al fin hablando de una aldea de las montañas del norte, situando su relato en el invierno del año 1938. Tenía por entonces cinco años, hacía frío y el campo se cubría de escarcha que permanecía durante todo el día. Poco tenían que comer por entonces, sino eran, con suerte, algunas castañas. La guerra, la maldita guerra había provocado la muerte y la miseria, y la pobreza alcanzaba a todo el mundo. A todo el mundo excepto a algunos que aprovechándose de la situación no dudaban en despojar de lo poco que le quedaba a todo el que podían, valiéndose de las más crueles artimañas, incluso asesinando a cualquiera que pudiese estorbar a sus propósitos.
Una noche de luna llena irrumpió en la casa un grupo de hombres preguntando a gritos por Antolín Caneiro. El que más gritaba decía una y otra vez entre blasfemias y con voz potente y atronadora: ¡Que he matado más hombres que becerros!. Se lo llevaron y nunca regresó.
Levantando la mirada y manteniéndola firme en los ojos del jugador continuó diciendo: _Antolín Caneiro era mi padre, y al que llamaban El Carnicero fue quien le arrastró al monte en aquella noche de luna, para no regresar jamás.
El Carnicero palidecía al escuchar las palabras del forastero y las gotas de sudor que brotaban de su frente resbalaban por sus mejillas y caían incesantes sobre la mesa. Nunca había sospechado encontrarse con alguna de sus víctimas y lejos de alegrarse temía ahora la venganza del muchacho y permanecía en silencio, inmovilizado por el miedo y oprimido su pecho por los acelerados latidos de su viejo corazón.
Amador Caneiro hizo una pausa y, sin dejar de mirar fijamente a los ojos de El Carnicero, rebuscó en el interior de su chaqueta y en un instante sacó su mano apoyando el revolver que sostenía en la sien del bravucón.
_Yo podría ahora, al igual que tu hiciste en otro tiempo, maldito asesino, apretar el gatillo y acabar de una vez con tu vida. Pero no temas no lo haré. No soy como tú. Pero puede que otro no reprima como yo el deseo de vengar a los suyos.
Amador se levantó lentamente ante la mirada atónita de todos y dejando la pistola sobre la mesa abandonó la taberna y desapareció del lugar bajo la intensa lluvia que continuaba asolando el valle.
Hacía ya treinta días de la visita del tal Amador Caneiro, y nadie le había vuelto a ver, como nadie volvió a ver a El Carnicero. No jugó más partidas de cartas en la taberna. El miedo le mantuvo encerrado en su habitación hasta consumirle y hoy salía por primera y última vez. Sus inseparables compañeros de juego le despedían en silencio escuchando al Sr. Cura rezar por su alma exaltando sus grandes virtudes.
Descanse en paz.
PITEIRA.-Xosé