Ante la atenta mirada de soslayo de aquel joven capuchino, tiembla de temor la dama presta a confesarse. En la iglesia ya no hay ni un alma. El tinte morado del crepúsculo se filtra por las vidrieras. Y la joven va dando pasos apesadumbrados hacia su ferviente sujeto de santa cabeza; glorificada en aura de espanto. Entonces, el religioso la coge por las dos blancas manos y se la lleva a sus aposentos de celda decorada con crucifijo de oro y retrato del Papa. La sienta en la dura cama de esparto y le pregunta qué quiere de él. Enseguida, la mujer se sonroja y comienza a tartamudear. Pero el monje, clavando sus ojos en el escote de la mujer, comienza a acariciar voluptuoso los muslos desnudos que asoman de su corta falda. Al sentir la malsana concupiscencia del varón se precipita sobre él. Desabrochándose la blusa y dejando al descubierto dos grandes senos. Él, rabioso, se sube la sotana y se vuelca sobre ella para realizar el coito; mientras la noche ya va suspirando entre gemidos de orgasmo y ardiente pasión animal.