El áureo candelabro de pies de plomo descuartiza la densa niebla de un nicho vagabundo. Allí reina el silencio y la sepulcral parsimonia de un tiempo que se detiene moribundo. Cuando ya despierta el desgajado cadáver amortajado; que con su soplido pulmonar cae en la extenuación de la idolatrada eternidad, marcada a fuego y sangre por el dios de las tinieblas, el singular faro de siete brazos luminosos se apaga. Dejando que la ferviente marea de vetustas joyas desdentadas sean enterradas por la tierra tenue de un desértico páramo escarmentado. Entonces, se destapan los negros sesos sacerdotes de indumentaria indecente. Con trabucos oxidados; pero cargados con la petulancia del horrible y polvoriento engranaje de bolas de estaño. Se escucha, luego, el chirriar de las puertas del infierno. Y el candelabro vuelve a iluminar una estancia seca y amarga. Donde yacen figuras pictóricas, pero difuminadas, de rebeldes encarrilados hacia el túnel obtuso de una loca salida final. Donde espera tranquilo el segundero frontal; que ha de marcar la pauta de la serena pero falsa de un tic-tac que desbroza, el muy cruel, los últimos momentos de gloria en debacle de un sol ya ardiendo.