A contraluz de un tiempo inmemorial, los fiordos de blanca espuma caen en picado en el espíritu sagrado de la naturaleza. Y mientras, una sonoridad reveladora se introduce por las vetas entreabiertas de las negras rocas seculares. Es magnífico el panorama. Incluso para el hombre más iletrado que ha pisado la faz inmensa de la tierra. Ahora, la densa y compacta congruencia intelectiva que ha nacido del bosque azulado se filtra en los pensamientos de los más sabios. Haciéndoles razonar con una destreza y agudeza cual jamás un noble griego ha poseído. Dejan que el movimiento veraniego acaricie la piel fina y afeminada que ambos comparten. Agudos y obtusos. Es cálido hasta hacer sudar de pasión amorosa a esos seres de semblante risueño pero cejijunto. De repente, una estampida se escucha en lo alto. Para horror de sus por entonces complacientes contemplativos. El sol ha estallado. Y su lugar lo ocupa la profunda y misteriosa máscara lúgubre del abismal demonio.