Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las tardes del verano son casi eternas cuando uno tiene ocho años. Y las horas de calor adormecen a las gentes en la ciudad. León es, en nuestra narración, todavía una ciudad pequeña, de límites precisos que empiezan a intentar romperse, habitada por gentes más o menos relacionadas donde es fácil conocerse y el saludo es una constante desde que se sale de casa. Es, todavía, una ciudad a la medida de las personas y no un pequeño monstruo despersonalizado como tantas otras ciudades que presumen de grandes. Se recorre la ciudad de punta a punta caminando y los escasos autobuses urbanos quedan relegados para la plaza de toros, el nuevo Hospital de San Antonio y las gentes mayores a quienes cuesta trabajo desplazarse.
Pues como decía las tardes de verano son para estar en casa las primeras horas, con las ventanas entornadas y las persianas bajadas para que entre un poco de fresco, tarea casi imposible con la solana que caía en el exterior.
Los niños nos sentimos inquietos no nos gusta dormir la siesta y tenemos la íntima impresión de estar perdiendo el tiempo, de ser privados de aventuras como aquellas que cuentan en los seriales de la radio.
Mediada ya la tarde, con el sol un poco caído, me anuncia mi madre que debo ir, como la mayoría de los días, con Marisa a por agua a la fuente. Es más ya mismo, por el balcón ha quedado mi madre con Aurelia para que, con los botijos, vayamos a por agua.
Desde Juan de Badajoz no queda lejos la fuente que hay al final de La Condesa. Tiene el agua rica y fresca. Dicen que viene de un artesiano que hay dentro de San Marcos, hoy convertido en cuartel. Marisa y yo recorremos la calle de Sampiro hasta llegar al paseo; es cruzar la calzada y estar junto a la fuente. El caso es que son las seis de la tarde y todavía no han dado el agua. Nos juntamos allí unos cuantos chavales para recoger agua y después de un rato de espera no queda más remedio que acercarse al cuartel. Junto a la gran puerta plateresca del antiguo hospital de peregrinos, después de cruzar por las pérgolas que adornan los jardines de la gran plaza, llego hasta la garita del centinela. Un impresionante soldado me mira de arriba abajo y me dice: “qué quieres, chaval”. "Yo… vengo para ver si nos pueden dar el agua de la fuente"… Y saliendo el cabo de guardia me dice: “Arrea para allá, que ahora mismo la damos”
Corriendo llego de nuevo al lado de Marisa que me guardaba el sitio y noto que la fuente ya está corriendo. Al llegarnos el turno, llenamos nuestros botijos y poco a poco nos encaminamos para casa. Cuando, después de la curva, enfilamos Sampiro, nuestros padres se encuentran en los balcones; desde allí no nos pierden ojo. Con la emoción de haber cumplido con el encargo, Marisa y yo, nos ponemos a cantar y braceando corremos hacia el portal. Ante el asombro de nuestros padres, en aquel braceo impetuoso quiere la fortuna que los botijos se estrellen uno contra el otro, quedando Marisa con el asa en la mano, el botijo estampado en el suelo y el agua corriendo por nuestras piernas. Yo conservo todavía el mío, con un enorme agujero en la panza y el agua desparramada.
Aquello son llantos y crujir de dientes. Voces, gritos, miedo repentino y las señas de nuestros padres desde el balcón diciéndonos que subamos. Nosotros dos, negamos entre mocos y llantos y no queremos subir para arrostrar el castigo que nos suponemos.
Al cabo de un rato, Paulino, Aurelia y mis padres llegan a la calle y para mi sorpresa, vienen muertos de risa. La verdad es que la aventura no es para menos.
No hay castigos, ni siquiera riñas. Eso sí, al día siguiente botijos nuevos. Es más, creo recordar que el botijo nuestro, después de recortar mi madre el agujero sirvió durante un par de años para poner el Misterio en el Belén de Navidades.
Pues como decía las tardes de verano son para estar en casa las primeras horas, con las ventanas entornadas y las persianas bajadas para que entre un poco de fresco, tarea casi imposible con la solana que caía en el exterior.
Los niños nos sentimos inquietos no nos gusta dormir la siesta y tenemos la íntima impresión de estar perdiendo el tiempo, de ser privados de aventuras como aquellas que cuentan en los seriales de la radio.
Mediada ya la tarde, con el sol un poco caído, me anuncia mi madre que debo ir, como la mayoría de los días, con Marisa a por agua a la fuente. Es más ya mismo, por el balcón ha quedado mi madre con Aurelia para que, con los botijos, vayamos a por agua.
Desde Juan de Badajoz no queda lejos la fuente que hay al final de La Condesa. Tiene el agua rica y fresca. Dicen que viene de un artesiano que hay dentro de San Marcos, hoy convertido en cuartel. Marisa y yo recorremos la calle de Sampiro hasta llegar al paseo; es cruzar la calzada y estar junto a la fuente. El caso es que son las seis de la tarde y todavía no han dado el agua. Nos juntamos allí unos cuantos chavales para recoger agua y después de un rato de espera no queda más remedio que acercarse al cuartel. Junto a la gran puerta plateresca del antiguo hospital de peregrinos, después de cruzar por las pérgolas que adornan los jardines de la gran plaza, llego hasta la garita del centinela. Un impresionante soldado me mira de arriba abajo y me dice: “qué quieres, chaval”. "Yo… vengo para ver si nos pueden dar el agua de la fuente"… Y saliendo el cabo de guardia me dice: “Arrea para allá, que ahora mismo la damos”
Corriendo llego de nuevo al lado de Marisa que me guardaba el sitio y noto que la fuente ya está corriendo. Al llegarnos el turno, llenamos nuestros botijos y poco a poco nos encaminamos para casa. Cuando, después de la curva, enfilamos Sampiro, nuestros padres se encuentran en los balcones; desde allí no nos pierden ojo. Con la emoción de haber cumplido con el encargo, Marisa y yo, nos ponemos a cantar y braceando corremos hacia el portal. Ante el asombro de nuestros padres, en aquel braceo impetuoso quiere la fortuna que los botijos se estrellen uno contra el otro, quedando Marisa con el asa en la mano, el botijo estampado en el suelo y el agua corriendo por nuestras piernas. Yo conservo todavía el mío, con un enorme agujero en la panza y el agua desparramada.
Aquello son llantos y crujir de dientes. Voces, gritos, miedo repentino y las señas de nuestros padres desde el balcón diciéndonos que subamos. Nosotros dos, negamos entre mocos y llantos y no queremos subir para arrostrar el castigo que nos suponemos.
Al cabo de un rato, Paulino, Aurelia y mis padres llegan a la calle y para mi sorpresa, vienen muertos de risa. La verdad es que la aventura no es para menos.
No hay castigos, ni siquiera riñas. Eso sí, al día siguiente botijos nuevos. Es más, creo recordar que el botijo nuestro, después de recortar mi madre el agujero sirvió durante un par de años para poner el Misterio en el Belén de Navidades.
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