La espesa putrefacción en la que se revuelca ese ser ignominioso, todo él enlodado con la mierda atestada de moscas, tiene un perfume digno de un réprobo. Ajusticiado por la Santa Inquisición por no haberse lavado los sobacos. Los cerdos acompañan al inmundo hombre en su jarana de mancha pecaminosa. El sol pega fuerte; frente a ese barrizal de vergüenza ajena y de obscuros deseos sexuales. Pero él sigue empeñado en enturbiar su frágil cuerpo; ante semejante lodazal de impudicia y malhechor cohabito con la negra sombra de Lucifer. Cuando ya está del todo cubierto, ríe como un crío que ha realizado una soberana gamberrada. Pero, lo que no sabe que le espera es una enfermedad frenética en su piel. Harapienta ya por los cirujanos gusanos y por la carroña vil que dejan caer los detestables buitres hambrientos. ¡Oh! putrefacción. ¡Arde en miasmas de luz bochornosa! . Cuando el hálito refrescante de la noche deje paso al verdugo obtuso. Que ha de decapitar a semejante hombre de insanas costumbres enfermizas.