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Poeta que considera el portal su segunda casa
Ensartar perlas es engalanar al hilo de alegría y de color. Elegir las cuentas más apropiadas y dejar que se deslicen suavemente por su tejido desnudo. Primero se coloca un cierre que será el carcelero que no las dejará escapar de su penal. Allá van las perlas que siempre soñaron con convertirse en un collar, desfilando rectas como soldados en perfecta formación. Uno, dos, uno, dos. La sarta se va formando y la bobina de nailon se va ataviando de alegre colorido. Sobre su esqueleto rígido van desfilando los aderezos. Un dos, un dos. Ya están a mitad de la travesía, están a punto de quedar engarzadas para presumir un día en el cuello de la afortunada que las luzca. Ya está casi listo. Sólo le faltan los remates, colocar la anilla que abrazará el cierre y a dejar que lo admiren y lo elijan como atavío. ¡Ay!, algo ha fallado, las manos que lo están creando no han fijado correctamente los cerrojos que harían posible verlas siempre enfiladas
y las perlas caen libres por el suelo tapizando el parqué de alegres esferitas.