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El arbol

dulcinista

Poeta veterano en el Portal
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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no desistío de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.


Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011
 

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Última edición:
... sabiduría de vida... Magnifico Dulcinista, muy agradable lectura, muchas gracias

Un fuerte abrazo
 
Gracias mi querida Rosario por tu presencia entre mis fantasmas. Dicen que la realidad supera a la ficción, y eso es lo que ocurre con esta página. Al menos para mí, el publicar algo se está convirtiendo en una tortura. Y como es lógico, me niego a que me torturen. Un abrazo fuerte.
 
Ya te he arreglado el formato. Tienes razón, los problemas del formatos es muy molesto, intenta usar mozilla pues se da más con explorer.

Si que es inquietante la prosa, por cierto ¿acaba donde acaba, es decir: "Andaba como un hombre" (si es así ¿le falta un punto o puntos suspendidos?) o el formato se ha comido el final?
 
Graciasa amiga Julia, ese es el problema, que al editarlo, me ha cambiado el tipo de letra, lo he borrado para intentar volverlo a escribir y no mr ha dejado. Ese no es el final, no. Un fuerte abrazo.
 
Era el diablo, Dulcinista, por eso el muchacho del cuento se aterraba cuando a la sombra pernoctaba, qué querría del hombre, aquel ser diabólico, claro que también deshizo su casa, que era el árbol, donde guardaba todo el armamento en su cobijo para dar riendas sueltas a sus malvadas ideas, bella prosa Dulcinista, en realidad me quedé en la incógnita pero eso es bueno, mejor así, más interesante, un abrazo muy fuerte amigo, besitos
 
Atrapa tu prosa y nos deja en suspenso...maravillosa como siempre, Dulcinista!
Es ágil, es amena, y de gran claridad expositiva.
Abrazos y ojalá pronto pueda leer la continuación...
 
Querdio Amigo, me gustado muchisimo tu relato, lei en los comentarios que no es el final, asi que bueno solo le añade suspenso. Un abrazo
 
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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no persistió de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.


Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011


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El amor a la naturaleza siempre ha sido por la frescura que esta produce y porque
cosas como las que narras se supone no pasan jamás. Los huracanes y demás sucesos se supone
que no son "voluntarios" pero tu le colocas este..... ingrediente bárbaro.
Si nos quitas lo único seguro y le metes terror a esto....... ¡ahora si que nos lleva el diablo
Dulci!
Abrazos mi amigo, ya me hacia falta asustarme. Osa.


pd: el diablo existe? jejeje




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A ver, a ver... no sé por dónde empezar, pues no tiene desperdicio.
En principio subrayo la fuerza contenida que se advierte en todo el texto, un convencimiento tenaz, de verso a verso, como decía aquél...
Y en cuanto a los símbolos que utilizas... ese árbol que empequeñece para dar lugar a uno nuevo, indestructible, con el crecimiento asegurado por la fuerza de esa presencia mutante del pájaro vengador.

Como de Kafka, pero al contrario..... la sensación que deja no es de impotencia, sino de una cierta esperanza.
Un abrazo.
 
Un sueño de vínculo con la naturaleza, para caer en las garras de un violento pájaro.
Trabajas muy bien la intriga en tus relatos, amigo Dulcinista. Y ese aire de terror que los vuelve muy inquietantes.
Muy bueno!
Abrazos.
 
Camarada y amigo, gran carga simbólica veo en tu relato. La naturaleza a veces se nos revela como algo siniestro y terrorífico, sobre todo cuando nos demuestra con su fuerza lo pequeños que somos los seres humanos, que hemos creído dominarla.

Saludos.


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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no persistió de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.


Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011
 
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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no persistió de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.


Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011


Waaa amigo querido eres increhible, escribes prosas fabulosas y siempre giran y te hacen dar vueltas en remolinos de viento. Me asusté y me dió pena el árbol.
Un abrazo amigo querido, ya estaremos compartiendo bella música.
Estrellas que te coronen.
 
Aplaudo la imaginación que tienes, Dulcinista... Realmente admirable. Entretanto se producía el relato, el ambiente se hace muy real, y como ese hombre que quiso talar el árbol y luego se convierte en monstruo, no es demasiado distinto a lo real.Porque el hombre hoy es un monstruo destructor de la naturaleza y tarde o temprano ésta se venga.
Reputación y respeto a tu pluma, estimado poeta.
 
Ay pobre senor granz si tan solo hubiera dejado el arbol quieto pero le dio la mania viste lo que se busco ,jejej me encanto el cuento sabes que eres mi novelista y espero tu libro,abrazos.
 
Bueno, a mi hijo, que vive en un lugar bastante natural, lo ataca desde hace días un taguató -ave de rapiña de estos lugares-, le aconsejaré que no corte árboles, aunque me temo que ya ha cortado varios.
Sospecho que donde dices "persistió" quieres decir "desistió", te ha quedado un resto de una versión anterior.
 
Mi hermano que relate digno de un cuento mayor me encanto un abrazo y todo lo que se pueda
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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no persistió de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.


Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011
 
Que historia tan terrorífica, me ha dejado sin habla,mis felicitaciones,menos mal que no vivo rodeada de árboles...
Tienes una asombrosa imaginación para escribir historias terroríficas,sin duda tienes un don,un abrazo.Y mis estrellas.
 
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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no persistió de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.


Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011




Dulcinista
Diosssssssssssssss nunca cortaré un árbol, prometido.
encantada de leerte
Espero que pueda dejar repuntuación
cariños
Ana
 
Querido Dulcinista, eres absolutamente genial en tus maravillosas prosas de un suspenso exquisito,aunque el formato te haya consumido su final, aún así, está extraordinario. Felicitaciones, estrellas, y te abrazo desde mi corazón.
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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no persistió de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.


Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011
 
Excelente relato mi gran amigo mientras lo leia pensaba en una rama del arbol de mi vecino que crecio tanto que casi llega a mi cama, al principio me encantaba porque me creia en la selva pero luego su sombra proyectada en la pared comenzo asustarme y la corté y ahora también han cortado el arbol que tristeza, nunca dejas de deslumbrarme con tus geniales escritos macabros y misteriosos, mis estrellas y un beso verde naturaleza. Rànula
 
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