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El Ángel caído

Pessoa

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Ahora que mi sangre ya ha aceptado

su destino irrevocable

de ser óxido y carcoma,

renunciando al majestuoso pórfido

que en el Olimpo, cuando yo era sólo Idea,

le fue asignado por los dioses,

he de iniciar sin demora

mi redentor viaje subterráneo,

entre otras sangres antiguas,

entre osamentas que la Historia

ya no puede recordar.


Navegaré los oscuros parajes

donde habitan las raíces.

Seré quizás una de ellas

para dejar mi venenoso alimento

disimulado por deliciosos sabores.

Todo a mi paso debe morir.

Todo conmigo desolación ha de ser.

Calladamente, cobardemente.

Serpenteando entre otras muertes

ganadas a la vida día a día.

Pero yo soy una mera maldición divina.

Soy un ángel caído.


Cruzaré las ricas menas doradas

y en ellas quedará mi podredumbre.

Invadiré los granitos y los mármoles.

Así, cuando sean monumentos de los hombres

llevarán mi veneno en su íntima armonía.

Cabalgo mis insidias subterráneas

y entre rocas y mieses reparto mi veneno.

Se que en algún lugar, ónfalo recóndito,

se encuentra la palabra redentora,

la palabra que calme el odio de los dioses

que esparzo y distribuyo.


Ah del encono vengativo, ah de las víctimas.

Sin norte y sin derrota es mi brújula

un odio que no es mío,

un rencor vicario y tenebroso,

-soy tal que el agua putrefacta de Venecia

que avanza entre lo sublime hacia la ciénaga-

Soy odio ciego como un rumor nocturno

que empozoña cuanto toca. Ah del hombre,

ausente de inocencias.

Sólo me queda el azar

o el turbio engaño como un nuevo Prometeo,

para encontrar la Palabra que me devuelva a la Luz.


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Ahora que mi sangre ya ha aceptado

su destino irrevocable

de ser óxido y carcoma,

renunciando al majestuoso pórfido

que en el Olimpo, cuando yo era sólo Idea,

le fue asignado por los dioses,

he de iniciar sin demora

mi redentor viaje subterráneo,

entre otras sangres antiguas,

entre osamentas que la Historia

ya no puede recordar.


Navegaré los oscuros parajes

donde habitan las raíces.

Seré quizás una de ellas

para dejar mi venenoso alimento

disimulado por deliciosos sabores.

Todo a mi paso debe morir.

Todo conmigo desolación ha de ser.

Calladamente, cobardemente.

Serpenteando entre otras muertes

ganadas a la vida día a día.

Pero yo soy una mera maldición divina.

Soy un ángel caído.


Cruzaré las ricas menas doradas

y en ellas quedará mi podredumbre.

Invadiré los granitos y los mármoles.

Así, cuando sean monumentos de los hombres

llevarán mi veneno en su íntima armonía.

Cabalgo mis insidias subterráneas

y entre rocas y mieses reparto mi veneno.

Se que en algún lugar, ónfalo recóndito,

se encuentra la palabra redentora,

la palabra que calme el odio de los dioses

que esparzo y distribuyo.


Ah del encono vengativo, ah de las víctimas.

Sin norte y sin derrota es mi brújula

un odio que no es mío,

un rencor vicario y tenebroso,

-soy tal que el agua putrefacta de Venecia

que avanza entre lo sublime hacia la ciénaga-

Soy odio ciego como un rumor nocturno

que empozoña cuanto toca. Ah del hombre,

ausente de inocencias.

Sólo me queda el azar

o el turbio engaño como un nuevo Prometeo,

para encontrar la Palabra que me devuelva a la Luz.


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Y la voz de Hades se hizo presencia,
brotó de las ciénagas buscando cantos de sirena,
se deshizo de su piel y quiso allí...en Venecia,
besar la orilla de un mundo que de siempre anheló,
que le había sido arrebatado por la falsa benevolencia
de aquellos que se erigieron dioses ...

...y así podría seguir imaginando esas ciénagas internas, esas luchas y esas letras que me apasionan.

Una vez más, gracias Miguel, un verdadero placer.
 
Apasionantes letras, para aplaudirlas y de pie.

Ahora que mi sangre ya ha aceptado

su destino irrevocable

de ser óxido y carcoma,

renunciando al majestuoso pórfido

que en el Olimpo, cuando yo era sólo Idea,

le fue asignado por los dioses,

he de iniciar sin demora

mi redentor viaje subterráneo,

entre otras sangres antiguas,

entre osamentas que la Historia

ya no puede recordar.


Navegaré los oscuros parajes

donde habitan las raíces.

Seré quizás una de ellas

para dejar mi venenoso alimento

disimulado por deliciosos sabores.

Todo a mi paso debe morir.

Todo conmigo desolación ha de ser.

Calladamente, cobardemente.

Serpenteando entre otras muertes

ganadas a la vida día a día.

Pero yo soy una mera maldición divina.

Soy un ángel caído.


Cruzaré las ricas menas doradas

y en ellas quedará mi podredumbre.

Invadiré los granitos y los mármoles.

Así, cuando sean monumentos de los hombres

llevarán mi veneno en su íntima armonía.

Cabalgo mis insidias subterráneas

y entre rocas y mieses reparto mi veneno.

Se que en algún lugar, ónfalo recóndito,

se encuentra la palabra redentora,

la palabra que calme el odio de los dioses

que esparzo y distribuyo.


Ah del encono vengativo, ah de las víctimas.

Sin norte y sin derrota es mi brújula

un odio que no es mío,

un rencor vicario y tenebroso,

-soy tal que el agua putrefacta de Venecia

que avanza entre lo sublime hacia la ciénaga-

Soy odio ciego como un rumor nocturno

que empozoña cuanto toca. Ah del hombre,

ausente de inocencias.

Sólo me queda el azar

o el turbio engaño como un nuevo Prometeo,

para encontrar la Palabra que me devuelva a la Luz.


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