Unas podridas flores vegetaban en el jarrón llameante de mi alucinada alcoba. Entre luces y tinieblas, un perverso anciano mantenía con su mano temblorosa una cálida vela negra. Estaba afanoso en contemplar el retrato de mi difunto padre, que colgaba por encima de la cabecera de mi húmeda cama. Me acerqué hacia él en ademán de atraer su enigmática atención. Cuando ya estaba presto a tocar su hombro hundido se giró la cabeza hacia mí y vi horrorizado la faz cavernosa de la Muerte. Reía a mandíbula batiente y sin parar. Entonces, intenté salvar mi integridad mental escapando por la puerta de roble que daba a las tenebrosas escaleras del edificio. Pero ya era noche cerrada en mi desgraciado espíritu. Las patologías sublimes de la locura ascendieron como vapor nefasto hasta lo más profundo de mi alma. Desintegrando ésta en un aluvión de risas estridentes cuyo efecto fue el paroxismo de un cuerpo encerrado en un vil manicomio.