Congraciado con el pecho enfático del universo, un anacoreta recibe los lustrosos rayos de la revelación divina. En su espíritu de vaporosa sangre ardiente redirige los pensamientos intelectuales. Hacia el sentido interno de su aberrante pozo profundo de matiz tenebroso y lúgubre. Es en éste donde su ánima se esparce cual aceite virgen. Presto para arder con la mínima chispa de su intuición intelectual. Cuando eso ocurre, una paz de alas de murciélago se posa sobre su ya trasnochada mirada hierática e impasible. Que observa cómo la substancia latente en la infinitud de una naturaleza virgen calma el furor de purificación mántica. Entonces, se levanta y, arrojando fuera de sí una vara mágica transmutada en venenosa sierpe, canturrea una oda por los frutos frescos que en la mañana primaveral han de inclinarse hacia su insaciable hambre de criatura evanescente. Y se cubre glorioso su testa de rubios cabellos con capucha raída. Para no caer desmayado ante los próximos rayos del orgulloso sol naciente.
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