Ana Clavero
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las olas lamían suavemente sus pies borrando al instante las huellas que sus pisadas iban dejando en el rebalaje. Miraba al horizonte, buscaba, ansiosa, la serenidad que, en tantas ocasiones anteriores, el Mediterráneo le había proporcionado, pero esta vez la calma se resistía a aparecer.
Esa misma mañana dos artilugios de la modernidad, un fax y un móvil, habían escupido la fatídica noticia: Un alienígena con un nombre horroroso, carcinoma infiltrante dúctal, estaba invadiendo su nave. Le cogió por sorpresa. No tenía preparadas sus huestes, pero mirando las aguas serenas de aquel mar, decidió que le plantaría batalla.
Mientras seguía paseando, retó e insultó al alien; no le importó dar imagen de loca, que habla sola, ante los ojos de los bañistas que, en muchedumbre, poblaban el litoral aquella tarde de Agosto.
Sabía que sus fuerzas eran inferiores. Le costaba aceptarlo, pero contaba con la posibilidad de tener que ceder al enemigo alguna de sus posesiones. No obstante no le dejaría ganar la batalla final.
El Día D, al alba, pocas horas antes del lance, sumergió en el fondo marino su nave y la cargó de la energía necesaria para comenzar la lucha.
El final fue como lo había pensado. Tuvo que ceder una de sus más preciadas posesiones, pero salvó la nave.
Hoy, tras un oscuro invierno dedicado a reparar los daños sufridos, ha entrado la primavera y, antes de que llegue el estío; el fuselaje de su nave volverá a lucir completo y lozano, cual cuerpo de quinceañera.
El alienígena sigue lanzando su artillería a diestro y siniestro. Ahora ha atacado a la nave de un amigo. También a él le ha cogido desprevenido. En su caso la lucha está siendo más desigual, los daños que ha recibido son mayores y las pérdidas pueden ser bastante más importantes, pero tampoco él dará la batalla por perdida. También su nave es una nave nodriza a la que el resto de la flota necesita.
Hoy, mientras pasea de nuevo por el rebalaje, mirando al horizonte, ha vuelto a encontrar el ansiado sosiego. Cree haber descubierto la formula magistral que podría servir, como vacuna é incluso como antídoto, contra ese maldito alien que pretende convertirse en plaga exterminadora de nuestro mundo; y no se cansa de pregonarla a los cuatro vientos: Una buena cantidad de píldoras antiestrés acompañada, a partes iguales, de sobredosis de tolerancia y buen humor.
Ana Clavero
Esa misma mañana dos artilugios de la modernidad, un fax y un móvil, habían escupido la fatídica noticia: Un alienígena con un nombre horroroso, carcinoma infiltrante dúctal, estaba invadiendo su nave. Le cogió por sorpresa. No tenía preparadas sus huestes, pero mirando las aguas serenas de aquel mar, decidió que le plantaría batalla.
Mientras seguía paseando, retó e insultó al alien; no le importó dar imagen de loca, que habla sola, ante los ojos de los bañistas que, en muchedumbre, poblaban el litoral aquella tarde de Agosto.
Sabía que sus fuerzas eran inferiores. Le costaba aceptarlo, pero contaba con la posibilidad de tener que ceder al enemigo alguna de sus posesiones. No obstante no le dejaría ganar la batalla final.
El Día D, al alba, pocas horas antes del lance, sumergió en el fondo marino su nave y la cargó de la energía necesaria para comenzar la lucha.
El final fue como lo había pensado. Tuvo que ceder una de sus más preciadas posesiones, pero salvó la nave.
Hoy, tras un oscuro invierno dedicado a reparar los daños sufridos, ha entrado la primavera y, antes de que llegue el estío; el fuselaje de su nave volverá a lucir completo y lozano, cual cuerpo de quinceañera.
El alienígena sigue lanzando su artillería a diestro y siniestro. Ahora ha atacado a la nave de un amigo. También a él le ha cogido desprevenido. En su caso la lucha está siendo más desigual, los daños que ha recibido son mayores y las pérdidas pueden ser bastante más importantes, pero tampoco él dará la batalla por perdida. También su nave es una nave nodriza a la que el resto de la flota necesita.
Hoy, mientras pasea de nuevo por el rebalaje, mirando al horizonte, ha vuelto a encontrar el ansiado sosiego. Cree haber descubierto la formula magistral que podría servir, como vacuna é incluso como antídoto, contra ese maldito alien que pretende convertirse en plaga exterminadora de nuestro mundo; y no se cansa de pregonarla a los cuatro vientos: Una buena cantidad de píldoras antiestrés acompañada, a partes iguales, de sobredosis de tolerancia y buen humor.
Ana Clavero