Sobre un peñasco de insólita penumbra mística, el macizo adalid de mirada penetrante y soberbia observa cómo las tropas de sus enemigos van quemando la aldea donde vio nacer a su hijo de corazón de oro. Una ira de inconfundible y despiadada aura se posesiona de su espíritu. Y va bajando sin caballo por el sinuoso camino de clamoroso reguero de agua santa. Se acerca solo al poblado; y lo primero que hace es pedir al jefe de los endiablados piró manos un singular combate. Aquel acepta. Mientras ríe con su pasión exacerbada de dios; obnubilado por los rayos pétreos que calan hasta lo más hondo de su negra esencia de asesino sin ambages. Comienza el careo furioso. Y cuando el amanecer los sorprende con una clareada estrella matutina, el adalid atraviesa con su sable el pecho del ufano cabecilla de imperdonables actos de vandalismo. Salpicando la sangre impura en la tez del vengador. El cual, de un sablazo le corta de un descomunal golpe el cuello. Cogiendo su cabeza y arrojándola a una pira funeraria.