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El Adalid

Edouard

Poeta adicto al portal
Sobre un peñasco de insólita penumbra mística, el macizo adalid de mirada penetrante y soberbia observa cómo las tropas de sus enemigos van quemando la aldea donde vio nacer a su hijo de corazón de oro. Una ira de inconfundible y despiadada aura se posesiona de su espíritu. Y va bajando sin caballo por el sinuoso camino de clamoroso reguero de agua santa. Se acerca solo al poblado; y lo primero que hace es pedir al jefe de los endiablados piró manos un singular combate. Aquel acepta. Mientras ríe con su pasión exacerbada de dios; obnubilado por los rayos pétreos que calan hasta lo más hondo de su negra esencia de asesino sin ambages. Comienza el careo furioso. Y cuando el amanecer los sorprende con una clareada estrella matutina, el adalid atraviesa con su sable el pecho del ufano cabecilla de imperdonables actos de vandalismo. Salpicando la sangre impura en la tez del vengador. El cual, de un sablazo le corta de un descomunal golpe el cuello. Cogiendo su cabeza y arrojándola a una pira funeraria.
 
homo-adictus, el adalid estaba penetrado por un aura magiar que no le permitía amilanarse ante el vil enemigo que había quemado su aldea. Donde había nacido su primogénito de sentimientos nobles. El solo retó al jefe de los bárbaros, que se las tenía por un dios impúdico, de risa estentórea, a un combate singular. Y como el orgullo que se jugaba en tal pedido era tan importante, de tal trascendental peso, el odioso ser ante la mirada furibunda de nuestro héroe aceptó. Cayendo en la trampa mortal de su propia arrogancia. Que no le permitió intuir que al clarear el día, la fuerza y victoria recaerían sobre el fiel vengador de osada ira trasmutada en paz. Eso sí, una vez lo hubiese matado sin piedad, le cortase la cabeza y la lanzase a la hoguera mortuoria de las vanidades. Atentamente Edouard.
 
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