El ermitaño
Poeta recién llegado
La torre y el abad
En la vertiginosa noche
de calles,
extraviado entre astros delirantes,
me incorporo y camino
sin rumbo.
Ya en las afueras de la ciudad,
los parajes desérticos del sueño
se extienden
como manta luminosa
de árido misterio.
Extenuado de andar,
renqueo penosamente,
palmo a palmo,
hacia lo que parece ser
un monolito a la distancia.
Ante mis ojos:
una alta torre de granito
atraviesa como espada
el manso vientre del arenal.
Una puerta se abre
y distingo en el centro hexagonal
una llamarada púrpura
que danza sobre un altar
de piedra blanca.
En las paredes ancestrales
inscripciones y símbolos:
voces de un pasado que dormita,
retorciéndose
más allá de lo humano.
Avizoro en los ángulos
del templo
efigies de dioses terribles
que emergen
del húmedo silencio.
En los rostros pétreos
vertientes de sangre
revelan
el aciago destino de los hombres;
en sus ojos:
el vasto cosmos.
Un trueno me fulmina.
Mi cuerpo yace inerte…
He renacido como el abad
que custodiará la torre.
Ya no importa lo que fui:
un fuerza primigenia me reclama.
En la vertiginosa noche
de calles,
extraviado entre astros delirantes,
me incorporo y camino
sin rumbo.
Ya en las afueras de la ciudad,
los parajes desérticos del sueño
se extienden
como manta luminosa
de árido misterio.
Extenuado de andar,
renqueo penosamente,
palmo a palmo,
hacia lo que parece ser
un monolito a la distancia.
Ante mis ojos:
una alta torre de granito
atraviesa como espada
el manso vientre del arenal.
Una puerta se abre
y distingo en el centro hexagonal
una llamarada púrpura
que danza sobre un altar
de piedra blanca.
En las paredes ancestrales
inscripciones y símbolos:
voces de un pasado que dormita,
retorciéndose
más allá de lo humano.
Avizoro en los ángulos
del templo
efigies de dioses terribles
que emergen
del húmedo silencio.
En los rostros pétreos
vertientes de sangre
revelan
el aciago destino de los hombres;
en sus ojos:
el vasto cosmos.
Un trueno me fulmina.
Mi cuerpo yace inerte…
He renacido como el abad
que custodiará la torre.
Ya no importa lo que fui:
un fuerza primigenia me reclama.
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