Ectoplasma pálido, melancólico,
entre lápidas rotas y melladas,
inicia su recorrido
cuando la medianoche
de su tumba la saca.
Si fue mujer, ya no se acuerda.
Sólo sabe de la rutina
de pasear incansable,
cuando el sol se esconde,
por el cementerio olvidado
donde se enterró su vida.
Quizá hubo alguien que la llorara;
quizá hubo alguien que la añorara;
pero ahora sólo es vapor condensado,
sustancia que quedó en este lado,
penando por algo
que no quedó solucionado.
Su nombre no recuerda;
pero conoce cada insecto
que las piedras esconden,
así como las malas hierbas
que su sepulcro rodean.
Quisiera vislumbrar el sol.
Quisiera oír una canción.
Pero se encuentra atada
a una desconocida maldición
que la impulsa a levantarse,
a izarse desde su ataúd podrido,
por siempre errante,
en ese camposanto frío,
llorando por lo que fue perdido.
entre lápidas rotas y melladas,
inicia su recorrido
cuando la medianoche
de su tumba la saca.
Si fue mujer, ya no se acuerda.
Sólo sabe de la rutina
de pasear incansable,
cuando el sol se esconde,
por el cementerio olvidado
donde se enterró su vida.
Quizá hubo alguien que la llorara;
quizá hubo alguien que la añorara;
pero ahora sólo es vapor condensado,
sustancia que quedó en este lado,
penando por algo
que no quedó solucionado.
Su nombre no recuerda;
pero conoce cada insecto
que las piedras esconden,
así como las malas hierbas
que su sepulcro rodean.
Quisiera vislumbrar el sol.
Quisiera oír una canción.
Pero se encuentra atada
a una desconocida maldición
que la impulsa a levantarse,
a izarse desde su ataúd podrido,
por siempre errante,
en ese camposanto frío,
llorando por lo que fue perdido.