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Don Heréu, el buen samaritano - minirrelato

Manolo Martínez

Poeta fiel al portal
………….. Hablando de este buzón, tengo que contar obligadamente la historia: Don Heréu, un estanciero de origen catalán que se dedica al fantástico negocio de la soja en el norte provincial, un día de tantos en que yo revisaba el casillero, paró sorprendido su camioneta Dodge Ram 2.500; bajando de la misma bastante desconcertado quiso saber mis intenciones. Le expliqué que había dejado lejos a mis amigos y también a mi enamorada; que siempre les escribía y que tenía cartas amontonadas sin poder darles destino; que esto se motivaba a que el Correo Oficial, por negligencia o por olvido, no pasó a retirarlas. Este buen señor, sonriendo me dijo: “quédese tranquilo Sr. Martínez, su gente amiga tendrá noticias suyas”. Tomó mis cartas, subió a su doble cabina y raudamente aceleró la misma hasta perderse de vista.

Este buen hombre, retiraba mis epístolas una vez por mes. Todos los meses. Luego, cada tres semanas; después, cada dos; posteriormente, su favor se extendió semanalmente. Lo raro de todo, era que mis aceitunados grandes amigos, los loros del paraje, más precisamente toda la bandada salvaje que la componía, mansos para con mis brazos, mis manos y mis hombros, cada vez que pasaba Don Heréu, se acercaban en “patota” y lo tarasconeaban entero: ni sus nalgas ni su pirulín se salvaban. Apenas paraba el “pobre cristiano” e intentaba asentar uno de sus pies en tierra, al segundo, por temor a los “picudos”, tomaba mi correspondencia, cerraba la puerta de su automotor, volanteaba y no se le veía ni un pelo. Y yo me quedaba esperando noticias, explicaciones y respuestas.

Un buen día de Dios, entrándose en la huella con sus rodado 4 x 4, cubierto “cabeza y todo” con una capa amarilla, de esas que se utilizan a menudo cuando llueve, llegó el pobre Don Heréu hasta el pueblo. Entusiasmado yo, pero precavido y armado con una gomera en la mano, procedí a recibir al amable mensajero. La charla, para mi asombro, fue corta. Ni siquiera tuve tiempo de enseñarle las bondades que ofrecía mi pujante y querido “Sapo Quemado”. Apurado y sudando gotas gordas me dijo: “lo lamento Sr. Martínez, usted comprenderá… los picotazos, el calor, la distancia… ya no más, hasta aquí llego yo”. Sacó de un bolsillo un sobre marrón, de esos membretados, me lo entregó y dijo: “no todas son malas noticias; alégrese Sr. Martínez: este sobrecito es para usted”. Me saludó extendiéndome su mano, pegó la vuelta, y perdiéndose en los tierrales como un fantasma, no volví a ver nunca más, pero nunca más a este “buen samaritano”.

¡Qué momento! Apenas llegué a la mesada del patio, armé un cigarro para calmar la tembladera, y con mucho cuidado abrí el bendito sobre. A mi alrededor y sobre mi cuello, como esperando también noticias suyas, movían sus colitas Dientudo, las lagartijas y las iguanas. En el inmenso árbol del patio, sobre todas sus ramas, ¿quiénes más podían estar? claro pues… los loros. Abrí el sobre apresurado; era tanta la ansiedad que ni siquiera miré fechas ni encabezamiento. La misiva decía: “Sr. Martínez, visto su penoso olvido, su nula comunicación, su prolongado desprecio, su despiadado desinterés y su falta total de cariño, me veo en la obligación de comunicarle: que habiendo sido visitada gentilmente una vez por mes, haber sido invitada a cenar cada tres semanas, haber recibido hermosos regalos y presentes cada dos, y haber intimado conmigo semanalmente, he decidido en forma inapelable y definitiva, optar por el amor maravilloso e incondicional de Don Xavier Heréu, y en consecuencia, terminar definitivamente con Usted. Atentamente. Su Jefa.

P.D.: mejor dicho, su ex Jefa, ya que se encuentra Usted despedido”.

 
Última edición:
Jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaj. En buen romance, como decimos en Colombia, el buen samaritano te hizo el cajón, jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaj. Un final inesperado y sensacional. Muy buen escrito. Suerte.

Hola Sigifredo, esa carcajada es mi mayor satisfacción y felicidad... para eso uno escribe estas tonteras, para que pasemos un buen rato y podamos divertirnos...

Pensar que los únicos que sospechaban eran mis amigos los loros... yo, inocente... jajajajajajaja.... :p

Amigo, gracias por estar siempre.

Te mando un gran abrazo. :)
 
Hola Sigifredo, esa carcajada es mi mayor satisfacción y felicidad... para eso uno escribe estas tonteras, para que pasemos un buen rato y podamos divertirnos...

Pensar que los únicos que sospechaban eran mis amigos los loros... yo, inocente... jajajajajajaja.... :p

Amigo, gracias por estar siempre.

Te mando un gran abrazo. :)

Muy cierto. ¡Oye, ¿has publicado ya un libro?
 
Muy cierto. ¡Oye, ¿has publicado ya un libro?

Hola Sigifredo, tengo varios relatos guardados, pero nunca pensé en publicar algo ya que escribo simplemente como un pasatiempo. Sería algo lindo, pero bueno, algún día será tal vez...

Este es un fragmento de las "Aventuras en Sapo Quemado", un pueblito desértico que encontré en el mapa de Salta donde no hay nada de nada, sólo un parador para viajeros, y de allí me salió la idea.

Empieza con que yo me enamoro en el trabajo de mi Jefa y ella al saberlo me traslada a Sapo Quemado como un "premio" y yo inocente voy pensando que había sido ascendido... y vivo allí varias aventuras...
(se llama :Todo gracias al amor - y fue uno de los primeros relatos que puse en el portal - enero de 2.016)

Te envío un gran abrazo.
 
Última edición:
………….. Hablando de este buzón, tengo que contar obligadamente la historia: Don Heréu, un estanciero de origen catalán que se dedica al fantástico negocio de la soja en el norte provincial, un día de tantos en que yo revisaba el casillero, paró sorprendido su camioneta Dodge Ram 2.500; bajando de la misma bastante desconcertado quiso saber mis intenciones. Le expliqué que había dejado lejos a mis amigos y también a mi enamorada; que siempre les escribía y que tenía cartas amontonadas sin poder darles destino; que esto se motivaba a que el Correo Oficial, por negligencia o por olvido, no pasó a retirarlas. Este buen señor, sonriendo me dijo: “quédese tranquilo Sr. Martínez, su gente amiga tendrá noticias suyas”. Tomó mis cartas, subió a su doble cabina y raudamente aceleró la misma hasta perderse de vista.

Este buen hombre, retiraba mis epístolas una vez por mes. Todos los meses. Luego, cada tres semanas; después, cada dos; posteriormente, su favor se extendió semanalmente. Lo raro de todo, era que mis aceitunados grandes amigos, los loros del paraje, más precisamente toda la bandada salvaje que la componía, mansos para con mis brazos, mis manos y mis hombros, cada vez que pasaba Don Heréu, se acercaban en “patota” y lo tarasconeaban entero: ni sus nalgas ni su pirulín se salvaban. Apenas paraba el “pobre cristiano” e intentaba asentar uno de sus pies en tierra, al segundo, por temor a los “picudos”, tomaba mi correspondencia, cerraba la puerta de su automotor, volanteaba y no se le veía ni un pelo. Y yo me quedaba esperando noticias, explicaciones y respuestas.

Un buen día de Dios, entrándose en la huella con sus rodado 4 x 4, cubierto “cabeza y todo” con una capa amarilla, de esas que se utilizan a menudo cuando llueve, llegó el pobre Don Heréu hasta el pueblo. Entusiasmado yo, pero precavido y armado con una gomera en la mano, procedí a recibir al amable mensajero. La charla, para mi asombro, fue corta. Ni siquiera tuve tiempo de enseñarle las bondades que ofrecía mi pujante y querido “Sapo Quemado”. Apurado y sudando gotas gordas me dijo: “lo lamento Sr. Martínez, usted comprenderá… los picotazos, el calor, la distancia… ya no más, hasta aquí llego yo”. Sacó de un bolsillo un sobre marrón, de esos membretados, me lo entregó y dijo: “no todas son malas noticias; alégrese Sr. Martínez: este sobrecito es para usted”. Me saludó extendiéndome su mano, pegó la vuelta, y perdiéndose en los tierrales como un fantasma, no volví a ver nunca más, pero nunca más a este “buen samaritano”.

¡Qué momento! Apenas llegué a la mesada del patio, armé un cigarro para calmar la tembladera, y con mucho cuidado abrí el bendito sobre. A mi alrededor y sobre mi cuello, como esperando también noticias suyas, movían sus colitas Dientudo, las lagartijas y las iguanas. En el inmenso árbol del patio, sobre todas sus ramas, ¿quiénes más podían estar? claro pues… los loros. Abrí el sobre apresurado; era tanta la ansiedad que ni siquiera miré fechas ni encabezamiento. La misiva decía: “Sr. Martínez, visto su penoso olvido, su nula comunicación, su prolongado desprecio, su despiadado desinterés y su falta total de cariño, me veo en la obligación de comunicarle: que habiendo sido visitada gentilmente una vez por mes, haber sido invitada a cenar cada tres semanas, haber recibido hermosos regalos y presentes cada dos, y haber intimado conmigo semanalmente, he decidido en forma inapelable y definitiva, optar por el amor maravilloso e incondicional de Don Xavier Heréu, y en consecuencia, terminar definitivamente con Usted. Atentamente. Su Jefa.

P.D.: mejor dicho, su ex Jefa, ya que se encuentra Usted despedido”.
Claro que no me estaba creyendo esa utopía del buen samaritano. jajajajajaj Saludos cordiales, Manolo.
 
Hola Sigifredo, tengo varios relatos guardados, pero nunca pensé en publicar algo ya que escribo simplemente como un pasatiempo. Sería algo lindo, pero bueno, algún día será tal vez...

Este es un fragmento de las "Aventuras en Sapo Quemado", un pueblito desértico que encontré en el mapa de Salta donde no hay nada de nada, sólo un parador para viajeros, y de allí me salió la idea.

Empieza con que yo me enamoro en el trabajo de mi Jefa y ella al saberlo me traslada a Sapo Quemado como un "premio" y yo inocente voy pensando que había sido ascendido... y vivo allí varias aventuras...
(se llama :Todo gracias al amor - y fue uno de los primeros relatos que puse en el portal - enero de 2.016)

Te envío un gran abrazo.

Valdría la pena que recopilaras todos esos trabajos y los presentaras a varias casas editoras tanto allá como en España.

Suerte.
 
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