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Divina mortalidad

IgnotaIlusión

El Hacedor de Horizontes
La vida me trata,
como tiempo vivo,
como cimiento muerto,

porque nunca podré alimentarme
sin caer en la nocividad,

cada paso es
una razón más
que me acerca a la parca,

mis cielos
han de ser blancos,
porque aquí
todo lo que vuela es ciega costumbre,

negruras mortales,
son las espesuras de mis delirios,

estrellas son,
neuronas del impío éter,

caemos, siempre,
entre centros de vil sadismo,

engendrarán los dioses,
cadáveres de todo vientre humano,

serán nuevos dioses,
los engendros
más despreciables
que podamos imaginar,

todo se licua,
en donde nos revolvemos sin opción,

veracidad voraz,

toda realidad
se verá engullida,

por un creador
que se tragó a si mismo.






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Este poema es una reflexión amarga y lúcida sobre la condición humana, marcada por el sufrimiento, la decadencia y la ausencia de sentido. La vida aparece como una fuerza impersonal que arrastra al ser hacia la muerte, mientras que la conciencia es una carga que delira entre sombras y estrellas vacías. La esperanza se descompone en ciclos de destrucción, donde incluso los dioses ya no salvan, sino engendran ruina. Todo se disuelve, todo se consume, hasta la misma divinidad, que termina devorándose a sí misma. Al final, el poema plantea un universo cerrado, sin redención ni salida, donde la verdad no libera, sino que devora.

Saludos cordiales
 
a mi me resulta un tanto circular la composición, podría ser una metáfora de alguna clase de ser con un proyecto equivocado. Spinoza decía que la esperanza es miedo. pero tampoco estoy de acuerdo con él. la división en lo absoluto de la metáfora debe terminar en algún lugar que fabrique la cosa.
 
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