abcd
Poeta adicto al portal
La diosa que conserva sucio el hogar se oye bajo la mesa,
es un rumor sin alas que te invita al suelo,
a estar triste panza arriba, a mirar el largo cielo
hasta reventar toda neurona con algún pájaro roto
que cruce por el cable del teléfono, luz, lo que sea que lleven los cables.
La sombra de la sombra que fuiste ayer es la cama de la diosa,
ella gélida es un lúgubre vaticinio de la soledad
y te aplasta como a un insecto con la suerte de morir aplastado
y te cuenta de silencios profundos, para ser por siempre profundo y silencioso.
Su cabeza esta lejos del cuello, en las fotos no sale nunca sonriente
y es tan tibia al amanecer que mis alas tiemblan y mi pecho tiembla
y el alma tiembla, pero siempre de angustia,
ella que no tiene nada femenino llega a la catarsis un poco antes que a la parálisis.
En los bosques que son los ojos de mis ojos, hay huracanes y tempestades,
aunque casi nunca corra viento en esta ciudad aburrida a nivel clima;
creo en lo verde pero no en la esperanza,
y cuando sus manos me abrazan para que yo pare de sangrar por dentro
siento que estoy demasiado contento como para abandonar el juego que a su vez incendio.
La diosa que es mi río dentro de los árboles escucha todo lo que gimo y ronco,
se sabe mis dolores y mis ejercicios literarios de memoria
y nunca me pide perdón cuando la lastimo,
ella grita si me despierto tarde y es tan escalofriante su puntualidad
que nunca la he mirado al decirle gracias.
Ella entra, y ríe, y todo lo toca, todo lo vuelve gris;
y sin mirar a nadie, derriba los arbolitos, uno a uno,
le quita sus ojos, su frescor.
Ella, hermosa diosa de mi mediocridad
tiene en su invisible cuerpo el mapa, el laberinto,
la puerta y creo que hasta la llave, para pensar con libertad,
para dejar el insidioso mundo de la fantasía,
para ser un hombre sin rencor ni anhelos,
para perderme de una vez por todas en la santa mediocridad universal.
es un rumor sin alas que te invita al suelo,
a estar triste panza arriba, a mirar el largo cielo
hasta reventar toda neurona con algún pájaro roto
que cruce por el cable del teléfono, luz, lo que sea que lleven los cables.
La sombra de la sombra que fuiste ayer es la cama de la diosa,
ella gélida es un lúgubre vaticinio de la soledad
y te aplasta como a un insecto con la suerte de morir aplastado
y te cuenta de silencios profundos, para ser por siempre profundo y silencioso.
Su cabeza esta lejos del cuello, en las fotos no sale nunca sonriente
y es tan tibia al amanecer que mis alas tiemblan y mi pecho tiembla
y el alma tiembla, pero siempre de angustia,
ella que no tiene nada femenino llega a la catarsis un poco antes que a la parálisis.
En los bosques que son los ojos de mis ojos, hay huracanes y tempestades,
aunque casi nunca corra viento en esta ciudad aburrida a nivel clima;
creo en lo verde pero no en la esperanza,
y cuando sus manos me abrazan para que yo pare de sangrar por dentro
siento que estoy demasiado contento como para abandonar el juego que a su vez incendio.
La diosa que es mi río dentro de los árboles escucha todo lo que gimo y ronco,
se sabe mis dolores y mis ejercicios literarios de memoria
y nunca me pide perdón cuando la lastimo,
ella grita si me despierto tarde y es tan escalofriante su puntualidad
que nunca la he mirado al decirle gracias.
Ella entra, y ríe, y todo lo toca, todo lo vuelve gris;
y sin mirar a nadie, derriba los arbolitos, uno a uno,
le quita sus ojos, su frescor.
Ella, hermosa diosa de mi mediocridad
tiene en su invisible cuerpo el mapa, el laberinto,
la puerta y creo que hasta la llave, para pensar con libertad,
para dejar el insidioso mundo de la fantasía,
para ser un hombre sin rencor ni anhelos,
para perderme de una vez por todas en la santa mediocridad universal.
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