serendipity
Poeta recién llegado
Te encontré un día, en el lugar menos probable.
Donde ni el destino se atreve a mirar, ahí estabas.
Tenías tanto miedo a la vida como yo.
Tus ojos me gritaban en silencio
que no querías que te quisiera,
que no estabas listo para ser mejor.
Y, aun así, me perdí sin remedio
en el ambivalente caos de tu mente,
que era tan distinta a la mía,
pero igual de rota, igual de triste.
Juntos invocamos una tormenta:
infinita, violenta, destructiva...
pero capaz de hacer crecer una flor en el infierno.
La mayoría del tiempo
te perdías en los complicados laberintos de tu razón,
intentando encontrarle una explicación al dolor que otros te habían causado.
Mientras tanto,
yo descifraba los acertijos de tu corazón,
trazando un minucioso mapa hacia las ruinas de tu esperanza.
Aprendí a ser tu fiel compañero en las batallas contra tus demonios,
sentimos juntos los rayos de sol sobre nuestras caras después de la oscuridad.
Y así comprendí que, a veces,
el silencio es la única voz que abraza.
Decidí sacrificar mi propia paz
para sumergirme en el océano de tu pena.
Y en esa oscuridad aprendí
a subestimar mi propio dolor
para sostener el tuyo.
Pero verte florecer
fue lo más hermoso que me pasó en la vida.
Le dio significado a mi existencia, aun cuando todo parecía ser en vano.
Me enseñaste que el amor nunca es perfecto,
pero vaya que si puede ser eterno.
Nuestro baile está grabado en los infinitos recovecos del tiempo, mi amor:
dulce y amargo,
pero tan único e irrepetible
como la primera vez que me miraste a los ojos y me dijiste:
“Soy feliz”.
Donde ni el destino se atreve a mirar, ahí estabas.
Tenías tanto miedo a la vida como yo.
Tus ojos me gritaban en silencio
que no querías que te quisiera,
que no estabas listo para ser mejor.
Y, aun así, me perdí sin remedio
en el ambivalente caos de tu mente,
que era tan distinta a la mía,
pero igual de rota, igual de triste.
Juntos invocamos una tormenta:
infinita, violenta, destructiva...
pero capaz de hacer crecer una flor en el infierno.
La mayoría del tiempo
te perdías en los complicados laberintos de tu razón,
intentando encontrarle una explicación al dolor que otros te habían causado.
Mientras tanto,
yo descifraba los acertijos de tu corazón,
trazando un minucioso mapa hacia las ruinas de tu esperanza.
Aprendí a ser tu fiel compañero en las batallas contra tus demonios,
sentimos juntos los rayos de sol sobre nuestras caras después de la oscuridad.
Y así comprendí que, a veces,
el silencio es la única voz que abraza.
Decidí sacrificar mi propia paz
para sumergirme en el océano de tu pena.
Y en esa oscuridad aprendí
a subestimar mi propio dolor
para sostener el tuyo.
Pero verte florecer
fue lo más hermoso que me pasó en la vida.
Le dio significado a mi existencia, aun cuando todo parecía ser en vano.
Me enseñaste que el amor nunca es perfecto,
pero vaya que si puede ser eterno.
Nuestro baile está grabado en los infinitos recovecos del tiempo, mi amor:
dulce y amargo,
pero tan único e irrepetible
como la primera vez que me miraste a los ojos y me dijiste:
“Soy feliz”.
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