La ceremonia fue breve y sencilla, por petición propia. No quería alargar más este terrible sufrimiento. Entre cuatro hombres portamos el féretro hasta el lugar que he escogido para tu descanso. A la sombra de un ciprés, como tú hubieras pedido. Caminamos despacio, alargando los segundos. Pidiendo a Dios que me despiertes. Sí, que beses mis labios y al abrir los ojos, compruebe que todo ha sido un sueño. Una horrenda pesadilla. Pero el milagro no ocurre, y lentamente el ataúd desciende varios metros bajo tierra. Y con él mis esperanzas, mis anhelos y mis ilusiones. En unos minutos que parecieron horas cubrimos el hueco con tierra, sellando tu billete, cariño mío, tu billete hacia una vida mejor. Amigos y parientes se agolpan alrededor de tu lustrosa lápida de mármol, dejando caer las flores que dispuse personalmente para la ocasión. Asfódelos, mi amor. Tus flores favoritas depositadas sobre una cama de lágrimas, el lecho preparado para tu sueño eterno. La lluvia golpea sobre nuestras cabezas en señal de duelo. Los asistentes se refugian bajo sus paraguas y caminan pesadamente a sus respectivos hogares. Pero yo no, dulce alma de mi alma. Aún me queda un regalo que hacerte, antes de que asciendas junto a los ángeles, al lugar donde te corresponde.
Me arrodillo a tu lado y gimiendo te digo adiós. Por primera vez rompo a llorar, vertiendo sobre tu epitafio los restos de mi pobre corazón. Entre las flores deposito todos los poemas que escribí para ti, todos aquellos cantos a tu increíble belleza e insondable profundidad. Todos aquellos pensamientos que habrías de llevarte contigo, por que nadie- y digo nadie- podría hacerse merecedor de leer una sola de sus líneas. Prometo guardarte luto riguroso hasta el mismo fin de mis días, ¡y que éste llegue pronto! Pues no aguantaré mucho en el mundo de los mortales. Solitario y atormentado. Del bolsillo de mi chaqueta saco un último presente: una vela. Una vela que enciendo con cuidado y coloco meticulosamente entre los asfódelos más hermosos. Procuro que la llama no se apague a causa de la lluvia, y lentamente camino hacia atrás.
Dicen que cuando llega la hora de la Muerte, los hombres ascendemos al cielo a través de la noche oscura. Aquel quien ha sido amado, recibe una vela que alumbre su camino entre la negrura. Que mi amor sea una lámpara para tus pies en el valle de sombra profunda. Por fuerte que brilles allá arriba, entre las estrellas, nunca volverás a mi lado. Y es tan amargo reparar en ello. Escucha, cariño, mi lamento de dolor. Escucha mi llanto desgarrador. Y es que sé que de mí estás ya muy lejos. Emprendiste un viaje para nunca volver. Te marchaste de mi lado sin siquiera despedirte. No tuve ninguna oportunidad. Son tantas las cosas que hubiera deseado que supieras, tanto que me quedaba por decir. Por eso es que siento este terrible vacío en mi interior. Esta desesperación. Esta angustia. Resbalan por mis mejillas unas saladas gotas de miseria, y siento cómo mi pecho rebosa de melancólica nostalgia.
Por última vez giro la cabeza y miro hacia atrás. Una vela llamea en tu memoria, mi amor. Una llama que nunca se ha de extinguir. Una llama que arde en mi interior. Que ella te alumbre hasta tu nuevo hogar, y sea ahí donde encuentres la felicidad.
Me arrodillo a tu lado y gimiendo te digo adiós. Por primera vez rompo a llorar, vertiendo sobre tu epitafio los restos de mi pobre corazón. Entre las flores deposito todos los poemas que escribí para ti, todos aquellos cantos a tu increíble belleza e insondable profundidad. Todos aquellos pensamientos que habrías de llevarte contigo, por que nadie- y digo nadie- podría hacerse merecedor de leer una sola de sus líneas. Prometo guardarte luto riguroso hasta el mismo fin de mis días, ¡y que éste llegue pronto! Pues no aguantaré mucho en el mundo de los mortales. Solitario y atormentado. Del bolsillo de mi chaqueta saco un último presente: una vela. Una vela que enciendo con cuidado y coloco meticulosamente entre los asfódelos más hermosos. Procuro que la llama no se apague a causa de la lluvia, y lentamente camino hacia atrás.
Dicen que cuando llega la hora de la Muerte, los hombres ascendemos al cielo a través de la noche oscura. Aquel quien ha sido amado, recibe una vela que alumbre su camino entre la negrura. Que mi amor sea una lámpara para tus pies en el valle de sombra profunda. Por fuerte que brilles allá arriba, entre las estrellas, nunca volverás a mi lado. Y es tan amargo reparar en ello. Escucha, cariño, mi lamento de dolor. Escucha mi llanto desgarrador. Y es que sé que de mí estás ya muy lejos. Emprendiste un viaje para nunca volver. Te marchaste de mi lado sin siquiera despedirte. No tuve ninguna oportunidad. Son tantas las cosas que hubiera deseado que supieras, tanto que me quedaba por decir. Por eso es que siento este terrible vacío en mi interior. Esta desesperación. Esta angustia. Resbalan por mis mejillas unas saladas gotas de miseria, y siento cómo mi pecho rebosa de melancólica nostalgia.
Por última vez giro la cabeza y miro hacia atrás. Una vela llamea en tu memoria, mi amor. Una llama que nunca se ha de extinguir. Una llama que arde en mi interior. Que ella te alumbre hasta tu nuevo hogar, y sea ahí donde encuentres la felicidad.