mrtrigueros
Poeta recién llegado
Desciende (Miguel Ruiz Trigueros)
No te refugies más en esa hendidura de la tierra.
Deja que la mañana ahuyente las últimas sombras
de los cristales de la memoria,
deja que el coro de las luciérnagas esparza la noche
desde el dintel donde reposará mañana el mediodía.
Desciende.
Frente a ti solo permanecían
Las paredes verticales del tiempo.
No había asideros para tus manos vencidas,
Ni gradaciones de luz para discernir el día,
No había auroras de leche
entre los cuchillos de la escarcha,
ni promesas de luz en el seno
eternamente negro de la nieve.
No cometas esa última torpeza,
abrirte como una flor diminuta
ante la sola mirada del hielo.
Desciende.
Antes de partir mira una vez más,
la cumbre a la que no llegaron tus pasos,
Allí permanece intacta entre los pañuelos del sueño.
Has aprendido que la nieve produce espejismos de fuego,
alucinaciones que asemejan hogueras o farolas.
Desciende,
Pierde en tu descenso la rigidez
que el frío injustamente le otorgó a tu lengua,
a tu voz de pájaro petrificado por la bruma.
El valle a lo lejos es verde y te espera mansamente,
el agua ya se presiente en el caudal de tus venas.
Mira cómo de tus dedos van brotando arroyos,
saltos de agua nacen de tu pelo dormido,
quebradas de los surcos helados de tu piel,
son torrentes tus piernas ateridas,
cauces de agua los deshielos de tu memoria.
Mira cómo tus brazos,
lentamente se van abriendo, cómo se convierten
en el delta que anuncia la presencia infatigable
de todas las mareas.
Mira cómo te has convertido en río.
Desciende.
No te refugies más en esa hendidura de la tierra.
Deja que la mañana ahuyente las últimas sombras
de los cristales de la memoria,
deja que el coro de las luciérnagas esparza la noche
desde el dintel donde reposará mañana el mediodía.
Desciende.
Frente a ti solo permanecían
Las paredes verticales del tiempo.
No había asideros para tus manos vencidas,
Ni gradaciones de luz para discernir el día,
No había auroras de leche
entre los cuchillos de la escarcha,
ni promesas de luz en el seno
eternamente negro de la nieve.
No cometas esa última torpeza,
abrirte como una flor diminuta
ante la sola mirada del hielo.
Desciende.
Antes de partir mira una vez más,
la cumbre a la que no llegaron tus pasos,
Allí permanece intacta entre los pañuelos del sueño.
Has aprendido que la nieve produce espejismos de fuego,
alucinaciones que asemejan hogueras o farolas.
Desciende,
Pierde en tu descenso la rigidez
que el frío injustamente le otorgó a tu lengua,
a tu voz de pájaro petrificado por la bruma.
El valle a lo lejos es verde y te espera mansamente,
el agua ya se presiente en el caudal de tus venas.
Mira cómo de tus dedos van brotando arroyos,
saltos de agua nacen de tu pelo dormido,
quebradas de los surcos helados de tu piel,
son torrentes tus piernas ateridas,
cauces de agua los deshielos de tu memoria.
Mira cómo tus brazos,
lentamente se van abriendo, cómo se convierten
en el delta que anuncia la presencia infatigable
de todas las mareas.
Mira cómo te has convertido en río.
Desciende.