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Desahucio

Anna Politkóvskaya

Poeta fiel al portal
Su instinto ancestral, carente de escrúpulos,
alcanza el último peldaño de una escalera exclusiva.
Un tótem, la puerta, alienta
al depredador en su diaria acción de exterminio.
Antes, en su guarida, ha pintado los riesgos
rezándole a una divinidad
con dientes de sable.
Las víctimas, que no presienten el odio
y los alfileres ni los ojos llenos de lágrimas
ni las yugulares a punto de estallar,
fornican alegremente bajo techos prestados
sobre tálamos también prestados.

Ladrillos, hasta donde alcanza la mirada
millones y millones de ladrillos rojos,
como la sangre que ha corrido
después de la debacle.
Un cinturón de arcilla ocultando el horizonte.
la blanca melena del mar, el ancho cielo,
el sonido amable de bosques y ríos,
las enhiestas montañas...
Ladrillos a precio de oro,
inflados, cebados, ufanos, un espejismo de felicidad
que arrasó con todo y con todos.
Hoy solo quedan desiertos de ladrillos
y despojos tiznados de rojo,
pagando el desalojo de su inocencia a los culpables.

Atravesando laberínticos bosques
de ladrillo y cemento,
Minotauro le devoró el grito.
De su cuerpo ha vendido la carne
al peor postor, mientras leía
los más tristes poemas de amor
que iban dejando en el buzón de las desdichas
las aves migratorias “que nunca han de volver”.
Anteriormente, se había arrancado la piel
tirándola al contenedor de los sueños rotos
que pidió prestado a un banquero.
Sin demora, tuvo que abandonar su madriguera
construida grano a grano
con la arena del desierto,
porque arañas y escorpiones
invadieron su morada, robándole hasta el nombre.
Su ser fatigado vive ahora
entre el cielo y la tierra
y escucha y respira y se alimenta de humo.

Petrificadas, las rojas voces
se tragaron las palabras
y desde su cárcel vieron
cómo la valla se expandía infinita
y el untuoso martillo,
con piel de rayos uva,
derribaba su edificio comunero,
mientras un cáncer mecánico
arrasaba también el ágora.

Pasto de la intemperie,
el árbol transido de desahucio
mira hacia la puerta taciturna,
hacia las ventanas dormidas,
hacia la casa, y sueña con ser alma
que la sostenga habitándola.
La casa, ventruda y famélica,
abrumada de una tierra sin adjetivos
mutila sus raíces con reflejos,
a hombros de un mar ambiguo,
de sumas y multiplicaciones
allá donde sonríen las fotografías.
El mar, anclado en la desazón
abisal de su obesidad mórbida,
se imagina paloma mensajera
anunciando al erial el vástago
y al Sol el fin de su cortante ira.
La paloma dejó de soñar
desde que perdió el laurel.

El árbol,
embargado
por las estaciones implacables,
se hunde en la desidia
de los tiempos terribles
y asume la derrota en un paisaje gris.
Su vida
queda anclada en lo yerto,
a merced del insulto
de vientos y lluvias,
al albur de las heridas que en su piel
le infringen los incautos
del amor eterno.
En el suelo,
su llanto de hojarasca
crepita al paso indiferente.

...Y al cerrarse aquella puerta
la sala que contenía
todos los espejos del mundo
se derrumbó y, con ella,
en escombros se transformaron
los reflejos, las ilusiones y los sueños.
Queda ahora una realidad
de objetos terrosos,
de seres demacrados
como de ultratumba
y de una atmósfera opaca
del color de la sangre seca,
que pinta de ocaso los paisajes
y las palabras de silencio.

Todo es silencio,
silencio vivo como la cal,
burbujeante, que palpita
y martillea las sienes
sin descanso hasta enviarlas
a los abismos de la locura
donde reside el grito
en lucha permanente
por romper su mutismo
contra la muralla silenciosa
que le impide transformarse en verbo.

¿Dónde queda el norte?
¿Y lo umbrío?
¿Dónde el musgo entre
las piedras?
Seco está el mar verde
de las tierras altas,
mudo el lenguaje
de los árboles,
agostado el jardín
de palabras sosegadas.
Un vacío poderoso
se ha hecho dueño
de la sangre y construye
trampas para ciegos
con sus manos metálicas
y grita cuchillos y mata
por matar y mata y mata.

Tal vez, llegue el día
en que las ventanas
abrirán los ojos
y las paredes
se transformarán en aire
y las puertas,
como bombas dormidas
en una guerra de antaño,
serán bocas de fuego
incendiando el centro.
Y ocurrirá que el cáncer mecánico,
ante el ímpetu de la noche,
será extirpado del ágora. Tal vez.
 
Última edición:
Su instinto ancestral, carente de escrúpulos,
alcanza el último peldaño de una escalera exclusiva.
Un tótem, la puerta, alienta
al depredador en su diaria acción de exterminio.
Antes, en su guarida, ha pintado los riesgos
rezándole a una divinidad
con dientes de sable.
Las víctimas, que no presienten el odio
y los alfileres ni los ojos llenos de lágrimas
ni las yugulares a punto de estallar,
fornican alegremente bajo techos prestados
sobre tálamos también prestados.

Ladrillos, hasta donde alcanza la mirada
millones y millones de ladrillos rojos,
como la sangre que ha corrido
después de la debacle.
Un cinturón de arcilla ocultando el horizonte.
la blanca melena del mar, el ancho cielo,
el sonido amable de bosques y ríos,
las enhiestas montañas...
Ladrillos a precio de oro,
inflados, cebados, ufanos, un espejismo de felicidad
que arrasó con todo y con todos.
Hoy solo quedan desiertos de ladrillos
y despojos tiznados de rojo,
pagando el desalojo de su inocencia a los culpables.

Atravesando laberínticos bosques
de ladrillo y cemento,
Minotauro le devoró el grito.
De su cuerpo ha vendido la carne
al peor postor, mientras leía
los más tristes poemas de amor
que iban dejando en el buzón de las desdichas
las aves migratorias “que nunca han de volver”.
Anteriormente, se había arrancado la piel
tirándola al contenedor de los sueños rotos
que pidió prestado a un banquero.
Sin demora, tuvo que abandonar su madriguera
construida grano a grano
con la arena del desierto,
porque arañas y escorpiones
invadieron su morada, robándole hasta el nombre.
Su ser fatigado vive ahora
entre el cielo y la tierra
y escucha y respira y se alimenta de humo.

Petrificadas, las rojas voces
se tragaron las palabras
y desde su cárcel vieron
cómo la valla se expandía infinita
y el untuoso martillo,
con piel de rayos uva,
derribaba su edificio comunero,
mientras un cáncer mecánico
arrasaba también el ágora.

Pasto de la intemperie,
el árbol transido de desahucio
mira hacia la puerta taciturna,
hacia las ventanas dormidas,
hacia la casa, y sueña con ser alma
que la sostenga habitándola.
La casa, ventruda y famélica,
abrumada de una tierra sin adjetivos
mutila sus raíces con reflejos,
a hombros de un mar ambiguo,
de sumas y multiplicaciones
allá donde sonríen las fotografías.
El mar, anclado en la desazón
abisal de su obesidad mórbida,
se imagina paloma mensajera
anunciando al erial el vástago
y al Sol el fin de su cortante ira.
La paloma dejó de soñar
desde que perdió el laurel.

El árbol,
embargado
por las estaciones implacables,
se hunde en la desidia
de los tiempos terribles
y asume la derrota en un paisaje gris.
Su vida
queda anclada en lo yerto,
a merced del insulto
de vientos y lluvias,
al albur de las heridas que en su piel
le infringen los incautos
del amor eterno.
En el suelo,
su llanto de hojarasca
crepita al paso indiferente.

...Y al cerrarse aquella puerta
la sala que contenía
todos los espejos del mundo
se derrumbó y, con ella,
en escombros se transformaron
los reflejos, las ilusiones y los sueños.
Queda ahora una realidad
de objetos terrosos,
de seres demacrados
como de ultratumba
y de una atmósfera opaca
del color de la sangre seca,
que pinta de ocaso los paisajes
y las palabras de silencio.

Todo es silencio,
silencio vivo como la cal,
burbujeante, que palpita
y martillea las sienes
sin descanso hasta enviarlas
a los abismos de la locura
donde reside el grito
en lucha permanente
por romper su mutismo
contra la muralla silenciosa
que le impide transformarse en verbo.

¿Dónde queda el norte?
¿Y lo umbrío?
¿Dónde el musgo entre
las piedras?
Seco está el mar verde
de las tierras altas,
mudo el lenguaje
de los árboles,
agostado el jardín
de palabras sosegadas.
Un vacío poderoso
se ha hecho dueño
de la sangre y construye
trampas para ciegos
con sus manos metálicas
y grita cuchillos y mata
por matar y mata y mata.

Tal vez, llegue el día
en que las ventanas
abrirán los ojos
y las paredes
se transformarán en aire
y las puertas,
como bombas dormidas
en una guerra de antaño,
serán bocas de fuego
incendiando el centro.
Y ocurrirá que el cáncer mecánico,
ante el ímpetu de la noche,
será extirpado del ágora. Tal vez.
Esperar ese día para que los ojos se transformen después de las visiones consumidas
por la memoria de una realidad que tiende a la nada. me gusto. saludos de luzyabsenta
 
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