elbosco
Poeta fiel al portal
Estoy haciendo tiempo en un café de Buenos Aires, en Villa Devoto.
Saboreo lentamente mi café y, ajeno a todo, miro a la gente con el extrañamiento que podría tener un turista, o tal vez un marciano.
En una mesa lejana, una pareja de enamorados no deja de besarse. A la izquierda, tres amigas indiferentes revisan sus celulares. Mesa por medio, una mujer de unos cincuenta años saborea su café con la mirada fija en un punto imaginario. A mi derecha, un hombre lee placenteramente el diario.
En la mesa de al lado, una mujer conversa con su hija adolescente mientras su hija menor, de unos cuatro años, trata en vano de llamar su atención moviendo un juguete. Verla me produce ternura y tristeza.
Me quedo mirando a la nena, que ensaya infructuosas formas de llamar la atención de su madre: canta, ríe, habla sola, hace hablar a sus muñequitos. Repentinamente, se para sobre la silla y hace unos muy bien coordinados pasos de baile. Cada tanto sonrío ante sus ocurrencias.
Y entonces me veo desde afuera, veo a un tipo abstraído, mirando fijamente a una criatura durante varios minutos y me doy cuenta de que podría perfectamente pasar por un pervertido.
Bajo la cabeza y hundo la mirada en la profundidad de mi café.
---
Fernando M. Sassone
(PQR)
Saboreo lentamente mi café y, ajeno a todo, miro a la gente con el extrañamiento que podría tener un turista, o tal vez un marciano.
En una mesa lejana, una pareja de enamorados no deja de besarse. A la izquierda, tres amigas indiferentes revisan sus celulares. Mesa por medio, una mujer de unos cincuenta años saborea su café con la mirada fija en un punto imaginario. A mi derecha, un hombre lee placenteramente el diario.
En la mesa de al lado, una mujer conversa con su hija adolescente mientras su hija menor, de unos cuatro años, trata en vano de llamar su atención moviendo un juguete. Verla me produce ternura y tristeza.
Me quedo mirando a la nena, que ensaya infructuosas formas de llamar la atención de su madre: canta, ríe, habla sola, hace hablar a sus muñequitos. Repentinamente, se para sobre la silla y hace unos muy bien coordinados pasos de baile. Cada tanto sonrío ante sus ocurrencias.
Y entonces me veo desde afuera, veo a un tipo abstraído, mirando fijamente a una criatura durante varios minutos y me doy cuenta de que podría perfectamente pasar por un pervertido.
Bajo la cabeza y hundo la mirada en la profundidad de mi café.
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Fernando M. Sassone
(PQR)
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