Carrlos Yescas
Poeta recién llegado
Alrededor del cielo se forman nubes heladas,
como un mensaje de tierras perdidas sellando la condena.
La lluvia nueva es una manada,
plena de dedos que unen lo indecible.
Aquí, desde el frío clamo,
llamo al animal de la ciencia eterna
para que eche raíces a lo largo de mis piernas,
para que me crezcan selvas en lugar de pasos.
¿A dónde iría el hielo sino a la luz que alimenta las visiones
como faro a mitad del espacio?
No se puede correr el riesgo de quedar atrapado
en el calor dulzón de los tiempos ecuatoriales,
como la uva esparcida en los campos de metal.
Un témpano nuevo,
de madrugadas zozobrantes anuncia la lluvia,
y el mundo caído da vueltas en torno al tiempo,
todos los sueños ahogados tiran del telón,
la dicha entera sube como marea muerta
en noches sin luna, a ras de cuello,
alimentando la garganta de una nueva complicidad.
Inmóvil,
ante el desliz de la fatalidad,
me abrazo a la senda herida de tu inocencia
y arropo con un manto oscuro la mundana verdad,
no hay mayor hazaña para el espíritu del viajero
o para los niños inquietos y ebrios.
No he llegado aquí, no busco nada,
por eso vivo durmiendo este día,
para levantarme con la soberbia,
y creerme superior a mis plantas;
pero este bisturí no ayuda,
no puedo diseccionar sin mutilar.
No puedo olvidar este humo extraño
que hace a mis pulmones añorar
la vieja intención de amarrarme un solo instante más
a lo que hasta este día olvidé
y mi muerte tanto espera,
este humo, aliento del pasado,
que viste mi cuerpo futuro.
Déjame la noche, señora mía,
róbate el silencio de la tarde
para no creer que no existe
correspondencia entre mis pasos
y lo que no habla.
Déjame poner sobre la roca
la taza de café para que la mañana sepa
que estuve aquí, bailando,
sellando con tinta el sobre del cielo;
luego olvídame 2 o 3 veces al día,
para quitarme el mal sabor
que dejan los alimentos de la vida
o simplemente, para no perder la locura.
¿Qué será esta esfera de luz que nace de mi cabeza?
Escrito por Carlos Yescas Alvarado, ayer a las 3:45 a.m. del día de hoy.
como un mensaje de tierras perdidas sellando la condena.
La lluvia nueva es una manada,
plena de dedos que unen lo indecible.
Aquí, desde el frío clamo,
llamo al animal de la ciencia eterna
para que eche raíces a lo largo de mis piernas,
para que me crezcan selvas en lugar de pasos.
¿A dónde iría el hielo sino a la luz que alimenta las visiones
como faro a mitad del espacio?
No se puede correr el riesgo de quedar atrapado
en el calor dulzón de los tiempos ecuatoriales,
como la uva esparcida en los campos de metal.
Un témpano nuevo,
de madrugadas zozobrantes anuncia la lluvia,
y el mundo caído da vueltas en torno al tiempo,
todos los sueños ahogados tiran del telón,
la dicha entera sube como marea muerta
en noches sin luna, a ras de cuello,
alimentando la garganta de una nueva complicidad.
Inmóvil,
ante el desliz de la fatalidad,
me abrazo a la senda herida de tu inocencia
y arropo con un manto oscuro la mundana verdad,
no hay mayor hazaña para el espíritu del viajero
o para los niños inquietos y ebrios.
No he llegado aquí, no busco nada,
por eso vivo durmiendo este día,
para levantarme con la soberbia,
y creerme superior a mis plantas;
pero este bisturí no ayuda,
no puedo diseccionar sin mutilar.
No puedo olvidar este humo extraño
que hace a mis pulmones añorar
la vieja intención de amarrarme un solo instante más
a lo que hasta este día olvidé
y mi muerte tanto espera,
este humo, aliento del pasado,
que viste mi cuerpo futuro.
Déjame la noche, señora mía,
róbate el silencio de la tarde
para no creer que no existe
correspondencia entre mis pasos
y lo que no habla.
Déjame poner sobre la roca
la taza de café para que la mañana sepa
que estuve aquí, bailando,
sellando con tinta el sobre del cielo;
luego olvídame 2 o 3 veces al día,
para quitarme el mal sabor
que dejan los alimentos de la vida
o simplemente, para no perder la locura.
¿Qué será esta esfera de luz que nace de mi cabeza?
Escrito por Carlos Yescas Alvarado, ayer a las 3:45 a.m. del día de hoy.