angel del olvido
Poeta asiduo al portal
La muerte tan sombría y tan hermosa, partiendo de aquí, para allá,
en círculos, en jeringazos y en nada. Divulgando con tanta vehemencia un silencio oscuro, atroz y delirante que empaqueta todo reclamo o blasfemia, haciendo de aquello un amor y de lo otro simplemente un llanto. La cortinilla brinca, atrapa, desliza y se desdobla frente a un iris ya muy cansado, de mirada tediosa y con el prolongado salto y el remanente de ir y ya nunca venir. Hasta cuando, hasta siempre.
Todo tiene un contubernio aberrante, de alas en llantos, de manos en muslos ajenos, de inconexión inexplicable con graduación eterna toma toda su complementación ya muy avanzada la noche. El vaso abre sus vidrios, toma percepción gótica, vibra en ondas azules, danzando entre la espesura de un abrevadero mortal, de un veneno impostergable, la muerte.
El vidrio ya no es arena y ahora es metal, es brillo, es botones y dedos parlantes, es el parto nocturno de un teclado en necrófila servidumbre, abre la sonoridad con rayos de flores marchitas, se escucha el sonido precioso para la tragedia y no ya para el ahogado, o el ahorcado, siempre la diferencia está en las vocales.
La sesión sonora sigue su curso plastificando tan perfectamente un tarareo tan anónimo como publico, un “reloj detén tus horas” la voz de Yndio no solo en pugna contra el abandono del amor sino también de la vida misma.
Música, cajas, niños con efecto índigo, cartas extras, todo a la vez se mezcla en un perfecto campo semántico de otro plano gramatical pero no tan ajeno ni discordante a nuestra diaria convivencia con la muerte.
El muerto ya es parte de un todo, de una sola palabra con sinónimo mentiroso, falso, ya no importa, es como todos en forma de suplica tímida “reloj detén tu camino, haz esta noche perpetua” ( y una voz sin derecho, sin registro vocalico agregaria, "paz en la tierra a las narices sangrantes")Gustando amarnos en noches, en cajas, en oscuros paraísos que de vez en vez solo accedemos a resucitar mediante el canto nocturno de un piano. Un terrible piano solo incrustado en nuestra sien despedazada.
en círculos, en jeringazos y en nada. Divulgando con tanta vehemencia un silencio oscuro, atroz y delirante que empaqueta todo reclamo o blasfemia, haciendo de aquello un amor y de lo otro simplemente un llanto. La cortinilla brinca, atrapa, desliza y se desdobla frente a un iris ya muy cansado, de mirada tediosa y con el prolongado salto y el remanente de ir y ya nunca venir. Hasta cuando, hasta siempre.
Todo tiene un contubernio aberrante, de alas en llantos, de manos en muslos ajenos, de inconexión inexplicable con graduación eterna toma toda su complementación ya muy avanzada la noche. El vaso abre sus vidrios, toma percepción gótica, vibra en ondas azules, danzando entre la espesura de un abrevadero mortal, de un veneno impostergable, la muerte.
El vidrio ya no es arena y ahora es metal, es brillo, es botones y dedos parlantes, es el parto nocturno de un teclado en necrófila servidumbre, abre la sonoridad con rayos de flores marchitas, se escucha el sonido precioso para la tragedia y no ya para el ahogado, o el ahorcado, siempre la diferencia está en las vocales.
La sesión sonora sigue su curso plastificando tan perfectamente un tarareo tan anónimo como publico, un “reloj detén tus horas” la voz de Yndio no solo en pugna contra el abandono del amor sino también de la vida misma.
Música, cajas, niños con efecto índigo, cartas extras, todo a la vez se mezcla en un perfecto campo semántico de otro plano gramatical pero no tan ajeno ni discordante a nuestra diaria convivencia con la muerte.
El muerto ya es parte de un todo, de una sola palabra con sinónimo mentiroso, falso, ya no importa, es como todos en forma de suplica tímida “reloj detén tu camino, haz esta noche perpetua” ( y una voz sin derecho, sin registro vocalico agregaria, "paz en la tierra a las narices sangrantes")Gustando amarnos en noches, en cajas, en oscuros paraísos que de vez en vez solo accedemos a resucitar mediante el canto nocturno de un piano. Un terrible piano solo incrustado en nuestra sien despedazada.
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