Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Te privatizaron el horizonte
y, sin nada que la sostenga,
tu mirada se cae a los charcos.
No debiste acercarte a esos usureros:
todos los poetas son ladrones
que te inventan lo que no tienes
y luego te lo arrebatan.
Ahora tus ojos son renacuajos bajo la lluvia,
sapos horrendos que saltan en el atolladero
para alejarse de ti porque al fin te ven
y ya comprenden que no vas a ningún lado.
¿Escuchas esa ceguera de ámbito infinito?
Eres tú, hundido en tu calcetín siniestro,
y fosforeces como un hongo momificado.
Nadie sabe cómo esquivas las piedras
cuando caminas dentro de las paredes
sin tocarlas y sin que te toquen.
Pero lo que las paredes oyen no lo calla la primavera.
Tus manos también huyen de ti,
se van a las fronteras alambradas de las caricias,
pero siempre regresan con una uña de menos,
con una lúnula de más y arrastrando tu cuerpo.
Es que tú tampoco sabes irte
de donde no quieres quedarte
y te hundes en la ciénaga de ti cuando te mueves.
Sin embargo,
aún eres capaz de engañar al custodio
que sabe la hora de tu muerte,
y le muestras por todo lo alto
el dedo cordial que te queda,
el dedo conectado al corazón o a la vejiga
que te has injertado para seguir viviendo.
Y te ríes como las calaveras que no ríen,
pero tampoco lloran su oscuridad vacía
porque ya nada pierden y ya nada esperan.
Por hoy has ganado:
no conoces tu hora,
pero sabes que no es esta.
y, sin nada que la sostenga,
tu mirada se cae a los charcos.
No debiste acercarte a esos usureros:
todos los poetas son ladrones
que te inventan lo que no tienes
y luego te lo arrebatan.
Ahora tus ojos son renacuajos bajo la lluvia,
sapos horrendos que saltan en el atolladero
para alejarse de ti porque al fin te ven
y ya comprenden que no vas a ningún lado.
¿Escuchas esa ceguera de ámbito infinito?
Eres tú, hundido en tu calcetín siniestro,
y fosforeces como un hongo momificado.
Nadie sabe cómo esquivas las piedras
cuando caminas dentro de las paredes
sin tocarlas y sin que te toquen.
Pero lo que las paredes oyen no lo calla la primavera.
Tus manos también huyen de ti,
se van a las fronteras alambradas de las caricias,
pero siempre regresan con una uña de menos,
con una lúnula de más y arrastrando tu cuerpo.
Es que tú tampoco sabes irte
de donde no quieres quedarte
y te hundes en la ciénaga de ti cuando te mueves.
Sin embargo,
aún eres capaz de engañar al custodio
que sabe la hora de tu muerte,
y le muestras por todo lo alto
el dedo cordial que te queda,
el dedo conectado al corazón o a la vejiga
que te has injertado para seguir viviendo.
Y te ríes como las calaveras que no ríen,
pero tampoco lloran su oscuridad vacía
porque ya nada pierden y ya nada esperan.
Por hoy has ganado:
no conoces tu hora,
pero sabes que no es esta.
3 de diciembre de 2014
Última edición: