Julius 1200
Poeta fiel al portal
Aquel Caserón enquistado en las afueras
no hacia migas con el silencio ininterrumpido
por los vehículos de la ruta en curva.
Habitado por un innumerables perros
del mismo porte y color, todos procedían
de la misma descendencia viviendo a sus
anchas en los cómodos caniles. La dueña
los amaba, eran su razón de ser, y dejaba
que la mano del Señor proveyera y no otro
sino este definía su destino.
El ámbito era bastante espacioso. El sol se
encargaba del día y la noche traía la paz extraña.
Sucedió que en una de las noches más sombrías
la tranquera fue deslizada de sus goznes desgastados
y una junta de intrusos, desastrados se adentraron
por el sendero custodiado por eucaliptos muy altos.
Los animales de instinto aguzado los percibieron y
de inmediato saltaron lanzándose sobre ellos encolerizados.
Muy pronto el obscuro escenario se transformó en una
batalla encarnizada, y no mucho después, aquellas pisadas
salían rápidas por donde habían entrado. Luego, se enseñoreó
del lugar el silencio más atroz y más raro. La intenciones
ulteriores se habían desbaratado. Y aunque algunos de los
mal mordidos habían escapado otro con fuertes desgarros
rezagados se tendían en el duro pasto.
Dentro del Caserón una mujer huesuda y grande pareció
adivinar la escena sin moverse de su modesto y cómodo
sillón de mimbre. Sólo restaba esperar con parsimonia
a sus amables tesoros de hijos adoptivos.
Enseguida se organizó el festejo consabido y peculiar
de mimarlos, mientras los más grandes y pequeños giraban
en derredor de la mamá postiza, moviendo alegres sus colas,
la anciana mujer hablándoles les prodigaba mimos y con
agarrotadas manos les proveía sustento. En medio de la algarabía
perruna ello tal vez ya habían olvidado el deber cumplido.
no hacia migas con el silencio ininterrumpido
por los vehículos de la ruta en curva.
Habitado por un innumerables perros
del mismo porte y color, todos procedían
de la misma descendencia viviendo a sus
anchas en los cómodos caniles. La dueña
los amaba, eran su razón de ser, y dejaba
que la mano del Señor proveyera y no otro
sino este definía su destino.
El ámbito era bastante espacioso. El sol se
encargaba del día y la noche traía la paz extraña.
Sucedió que en una de las noches más sombrías
la tranquera fue deslizada de sus goznes desgastados
y una junta de intrusos, desastrados se adentraron
por el sendero custodiado por eucaliptos muy altos.
Los animales de instinto aguzado los percibieron y
de inmediato saltaron lanzándose sobre ellos encolerizados.
Muy pronto el obscuro escenario se transformó en una
batalla encarnizada, y no mucho después, aquellas pisadas
salían rápidas por donde habían entrado. Luego, se enseñoreó
del lugar el silencio más atroz y más raro. La intenciones
ulteriores se habían desbaratado. Y aunque algunos de los
mal mordidos habían escapado otro con fuertes desgarros
rezagados se tendían en el duro pasto.
Dentro del Caserón una mujer huesuda y grande pareció
adivinar la escena sin moverse de su modesto y cómodo
sillón de mimbre. Sólo restaba esperar con parsimonia
a sus amables tesoros de hijos adoptivos.
Enseguida se organizó el festejo consabido y peculiar
de mimarlos, mientras los más grandes y pequeños giraban
en derredor de la mamá postiza, moviendo alegres sus colas,
la anciana mujer hablándoles les prodigaba mimos y con
agarrotadas manos les proveía sustento. En medio de la algarabía
perruna ello tal vez ya habían olvidado el deber cumplido.
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