Martín Renán
Poeta adicto al portal
De todos los silencios
en la choza
que hicimos de los juncos,
aprendí a quitarme el ritual de sacerdote;
de totoras
en las olas de la playa El Brujo;
orar, fue tener
los ojos puestos en el firmamento.
También,
mi lámpara y el mapa de los sueños
en la arena
jugaron a las escondidas sin nosotros;
y Cartavio en las calles
le ha quedado
mismo octubre en andas.
De aquel terremoto del 70
volvió a caer
catástrofes y el miedo
de muchos años,
creció una montaña más arriba;
nadie imaginó
muy en el fondo, desterrar
un sarcófago
como testimonio de conquista.
Hasta hoy, en la Huaca Quebrada
se nos hizo el milagro;
los demonios que atizaron no eran de esta tierra;
al indio Martín en la ceremonia
de la lluvia,
tenía el corazón, el tamaño de una ciudadela.
No dijimos nada,
apenas,
el lugareño, detrás de la mampara de mimbre,
soltó con toda su rebeldía
la mira puesta en el fusil del extranjero.
Pachamama, en mí, lo sagrado de tu herencia.
¡No quemarás el sol en mis manos!
en la choza
que hicimos de los juncos,
aprendí a quitarme el ritual de sacerdote;
de totoras
en las olas de la playa El Brujo;
orar, fue tener
los ojos puestos en el firmamento.
También,
mi lámpara y el mapa de los sueños
en la arena
jugaron a las escondidas sin nosotros;
y Cartavio en las calles
le ha quedado
mismo octubre en andas.
De aquel terremoto del 70
volvió a caer
catástrofes y el miedo
de muchos años,
creció una montaña más arriba;
nadie imaginó
muy en el fondo, desterrar
un sarcófago
como testimonio de conquista.
Hasta hoy, en la Huaca Quebrada
se nos hizo el milagro;
los demonios que atizaron no eran de esta tierra;
al indio Martín en la ceremonia
de la lluvia,
tenía el corazón, el tamaño de una ciudadela.
No dijimos nada,
apenas,
el lugareño, detrás de la mampara de mimbre,
soltó con toda su rebeldía
la mira puesta en el fusil del extranjero.
Pachamama, en mí, lo sagrado de tu herencia.
¡No quemarás el sol en mis manos!