Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
Mi madre había nacido en Chihuahua donde su padre, Don Juan Vega, de origen español que era dueño de hacienda, se había casado con una mujer de ascendencia indígena, Magdalena Lozano. Ambos eran de Guanajuato, él de Celaya y ella de Salamanca. Ellos tuvieron 5 hijos varones y una única hija que era mi mamá. Cuando ella nació, Don Juan tenía un enorme solar al que llamaban Aurora y él dijo que este iba a ser de la recién nacida, así que la llamaron Aurora. Los hijos eran: Salvador, Horacio, César, Guillermo y José María. Hubo una epidemia de la que todos se salvaron menos doña Magdalena, quien murió cuando mi mamá tenía tres años, tres años después, murió don Juan que había sido despojado de su hacienda durante la revolución. Salvador, Horacio y César eran ya adultos. Salvador, que era el mayor, era médico militar, se hizo cargo de los chicos. A los dos hermanos pequeños los metió a un hospicio y él se llevó a vivir con él y su esposa a mi mamá. Como era militar cambiaba con frecuencia del lugar de residencia. El mejor lugar donde vivieron, según contaba ella, fue en la ciudad de México. En la escuela tuvo una maestra muy buena que les enseñaba a criar gusanos de seda. Después tuvieron que viajar porque hubo levantamientos de los cristeros y Salvador tenía que viajar a los lugares donde tenían que aplacar a los rebeldes. Cargaba con toda la familia y viajaban a veces en el techo de los carros de ferrocarril. Por eso, cuando mi hermano Horacio, le regaló el libro de Elena Poniatovska llamado, “Hasta no verte Jesús mío”, mi mamá comentó que no decía nada nuevo porque lo que relataba eran las vivencias de una mujer que había andado de soldadera y que ella había vivido las mismas aventuras del personaje. Luego mi mamá tuvo problemas con la esposa de Salvador y éste la llevó a Cd. Juárez, donde vivía la tía Otilia, que era “quedada”. Decía que ella no se casaba porque no quería cuidar borrachos ni criar niños. Pero para su mala suerte se quedó a vivir con el Tío Crescenciano que era borracho y tuvo que criar a la hija de éste y a mi mamá. Así llegó mi mamá a dicha ciudad.
Mi padre por su parte fue hijo de Doña Eufemia Loya y Don Bruno Rubio. Doña Eufemia había nacido en Balleza, un pequeño pueblo localizado en lo intrincado de la sierra de Chihuahua. Ella decía que ahí todos vivían en pecado porque se casaban primos con primos y que en las noches las gentes que miraban el pueblo desde lejos veían en él las flamas del infierno. Así que cuando llegó Don Bruno Rubio con su orquesta ambulante, un hombre rubio y bien plantado, simpático y dicharachero, ella no lo dudó ni tantito y se fue con él, luego se casaron y se la llevó a vivir a la Ciudad de Chihuahua. Ahí tuvieron dos hijas, Celia y Rosario y dos hijos, Bruno y Raymundo. El menor, Raymundo era mi papá. Del abuelo Bruno se contaba que era un muchacho terrible que siempre andaba haciendo travesuras. Tanto así que cuando a un vecino unas mulas le comieron algunas mazorcas de su sembradío, el vecino columbró que había sido Bruno y fue y la dio la queja a su padre, y éste lo cintareó. Bruno no dijo nada y aparentemente no hizo nada. El vecino tenía una parcela sembrada de sandías, Bruno esperó que ya estuvieran a medio crecer y una noche se llevó el machete y estuvo cortándoles a cada una el rabo para que ya no crecieran y así le echó a perder toda la siembra del tal señor. Él pensó, por esta ya estoy castigado. El vecino no se apareció para nada por su casa.
Pues el oficio del abuelo Bruno era el de andar de pueblo en pueblo como hombre orquesta, tocaba muchos instrumentos a la vez y así reunía su dinero, luego compró un equipo para proyectar películas y seguía con su negocio. Al principio le mandaba dinero a la abuela Pema, pero ya luego nada, así que ella mantenía a sus hijos lavando ropa ajena. En una ocasión se presentó un amigo de Bruno en la casa de Pema y le entregó un dinero. Este se lo había dado Bruno para que comprara un ajuar de novia porque se iba a casar con una muchacha, pero al amigo no le pareció correcto y mejor se lo llevó a Pema. En tiempos de la revolución, cuando entraron los carrancistas a la Cd. de Chihuahua, la miseria estaba dura, entonces Pema mandaba a mi papá con una carrucha (carretilla) para que fuera al mercado a ayudar a las gentes a cargar su compra. Contaba mi papá que, andando en eso, un capitán que iba con una mujer lo llamó para que le cargara la compra, todo lo que ella quería lo iban echando a la carrucha, y cuando ella quedó satisfecha le dieron una dirección para que llevara las cosas, pero mi papá se fue corriendo a su casa y le llevó todo a la abuela. Él se encerró y no salió de la casa hasta que se fueron los carrancistas de la ciudad. Cuando los muchachos crecieron se fueron a vivir a Cd. Juárez para mejorar su situación económica ya que viviendo en Juárez podían entrar a El Paso, Texas, a trabajar. Algún tiempo anduvieron el tío Bruno y mi papá de “trampas”, así les decían a los que viajaban en los trenes de Estados Unidos de polizones, ya que así iban de pueblo en pueblo en épocas de cosecha y ahí los contrataban para pizcar el algodón o las frutas. Mi papá dejó eso porque se moría de miedo de caerse cuando el tren estaba en movimiento; ya que dormían en unas barras debajo de los carros, pero contaba que el tío Bruno hasta podía dormir. Después mi papá consiguió trabajo en una fábrica de espejos que se llamaba el “Sunshine door”. Ahí le pagaban muy bien, ganaba 40 dólares a la semana. El poder adquisitivo del peso era muy alto, la paridad con el dólar era de 2 pesos por dólar. Le daba lo suficiente para mantener a Pema y a Rosario y hasta iba a la YMCA donde hacía gimnasia. Comentaba que lo más difícil era hacer el “cristo”, cuando se colgaba de las argollas y tenía que poner los brazos en posición horizontal. Él siempre fue delgado pero, tenía sus brazos como Popeye. Mi padre se casó; no con mi madre que todavía era niña, sino con otra que nunca supe como se llamaba, pero “como da por resultado”, como decía él, que se viene la recesión de 1929 y lo corren de su trabajo y cierran la frontera a todo el que quisiera ir a trabajar a El Paso. Otra vez la miseria, mi papá buscó intensamente donde trabajar, pero solo en el valle de Juárez a veces lo contrataban; trabajaba con un italiano, que les decía: “tutta la matutina parla y parla y no labora”, ahí aprendió a sembrar hortalizas. También aprendió a hacer adobes, etc, etc. De todo intentaba, pero no se podía. En una ocasión, al llegar a su casa encontró su maleta fuera de la casa y habían cambiado la chapa. En su desesperación se pasó a El Paso y fue al “Sunshine door”, pero lo denunciaron con la migra y lo encerraron en una cárcel para indocumentados que todavía existe a la que llaman “La tunita”. Ahí estuvo un año, durante el cual se murió la abuela Pema. Cuando salió mi padre estaba muy amargado, había sido muy violentado por los gringos y no soportaba órdenes de nadie, así que quiso trabajar por su cuenta, se hizo amigo de un alfarero que le enseñó toda la técnica para hacer artesanías de barro, desde como construir el horno donde debían “quemar” las piezas de barro, de como construir un torno, como moldear el barro y todo lo demás y mi papá se estableció por su cuenta. Cuando ya tuvo manera de vivir más o menos estable hizo un pequeño tibor de barro adornado con flores donde escribió con tinta china: “Aurora, te quiero” y se lo regaló a mi mamá que tenía 25 años; él ya había cumplido 40. Se casaron y empezó mi familia.
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