Gonvedo
Poeta asiduo al portal
Dame...
De la raíz del árbol,
de la palabra ungida estás naciendo.
Como un animal herido,
despiertas al mundo y amaneces
al tiempo que la rosa crece en su hermosura.
Llegas con la luz,
la noche herida por un ladrido o por un beso,
hasta mis párpados oscuros
donde el alba muere en la soledad de mis pupilas.
La frente abatida de tanto mar llorado.
Bajo tu pecho
el corazón arde como carbón celeste.
Arteriales ríos recorren tu piel como un incendio.
Dame, antes que la memoria muera,
el beso que devuelva la sangre a mis labios.
Diría que...
Diría que el amor tiene tus ojos,
su manantial belleza te empapa las pupilas
de los primeros aromas del amanecer.
Y te descubres racimo de luz
que crece en ti como perseverante raíz,
como hiedra en cada ausencia,
hasta alcanzar el alto vuelo en el mar
abierto de la arquivolta de tu pecho.
Y tú, esbelto tallo, creces bien arraigado.
Yo que libé el escarchado mosto
de tus labios y escancié en mi copa
su dulce néctar, estoy hecho de ti,
templado a tu hechura, y me pliego
a tu voz como alondra de paso
sosteniéndome a ciegas con mis alas
manchadas de ceniza, y hallo en ti
la sombra del árbol cuando en la soledad
busco otros rostros y sepulto los días
tras de mí, rindiéndome a cada palabra
con que tu boca me colma.
De la raíz del árbol,
de la palabra ungida estás naciendo.
Como un animal herido,
despiertas al mundo y amaneces
al tiempo que la rosa crece en su hermosura.
Llegas con la luz,
la noche herida por un ladrido o por un beso,
hasta mis párpados oscuros
donde el alba muere en la soledad de mis pupilas.
La frente abatida de tanto mar llorado.
Bajo tu pecho
el corazón arde como carbón celeste.
Arteriales ríos recorren tu piel como un incendio.
Dame, antes que la memoria muera,
el beso que devuelva la sangre a mis labios.
Diría que...
Diría que el amor tiene tus ojos,
su manantial belleza te empapa las pupilas
de los primeros aromas del amanecer.
Y te descubres racimo de luz
que crece en ti como perseverante raíz,
como hiedra en cada ausencia,
hasta alcanzar el alto vuelo en el mar
abierto de la arquivolta de tu pecho.
Y tú, esbelto tallo, creces bien arraigado.
Yo que libé el escarchado mosto
de tus labios y escancié en mi copa
su dulce néctar, estoy hecho de ti,
templado a tu hechura, y me pliego
a tu voz como alondra de paso
sosteniéndome a ciegas con mis alas
manchadas de ceniza, y hallo en ti
la sombra del árbol cuando en la soledad
busco otros rostros y sepulto los días
tras de mí, rindiéndome a cada palabra
con que tu boca me colma.