Gonvedo
Poeta asiduo al portal
Observa el atrio tatuado del sol en mi pecho,
mi cráneo con sus nervados surcos
y sus absurdos pensamientos de muerte.
Mira el hombre muerto de hace un instante,
su cánido esqueleto con sus venas azuladas.
La noche arrastrando sombras sin cansancio,
la tenue luz de la estrella saturada de licores.
La respiración ahogada de los fuelles
en la fragua, su levedad de rojo atardecido.
Así el silencio que va matando desde dentro,
así la sangre sin color, el bajamar con sus ecos
y miserias, la memoria y sus papeles viejos.
La historia de un tiempo y un país mal contado,
su largo invierno y sus costillas.
He aquí la vida como un daguerrotipo y a su cuerda
un fuego purificador que resulta sospechoso,
el pájaro hecho superstición, los días sin voz
levantados sobre sílabas derrumbadas.
He aquí mis ojos en lágrimas precisas,
mis hombros bajo la sombra de la iguana,
mis manos estallando en campos de lavanda,
bajo el cielo infinito el corazón como un velero.
mi cráneo con sus nervados surcos
y sus absurdos pensamientos de muerte.
Mira el hombre muerto de hace un instante,
su cánido esqueleto con sus venas azuladas.
La noche arrastrando sombras sin cansancio,
la tenue luz de la estrella saturada de licores.
La respiración ahogada de los fuelles
en la fragua, su levedad de rojo atardecido.
Así el silencio que va matando desde dentro,
así la sangre sin color, el bajamar con sus ecos
y miserias, la memoria y sus papeles viejos.
La historia de un tiempo y un país mal contado,
su largo invierno y sus costillas.
He aquí la vida como un daguerrotipo y a su cuerda
un fuego purificador que resulta sospechoso,
el pájaro hecho superstición, los días sin voz
levantados sobre sílabas derrumbadas.
He aquí mis ojos en lágrimas precisas,
mis hombros bajo la sombra de la iguana,
mis manos estallando en campos de lavanda,
bajo el cielo infinito el corazón como un velero.