Ana Clavero
Poeta que considera el portal su segunda casa
CURIOSIDAD TARDÍA
¡ Niña no preguntes! ¡niña no seas curiosa que eso es de mala educación!. Su madre tenía su particular tratado de educación y ella la obedecía. Quería ser una señorita refinada, de pueblo, pero refinada, así que se guardó las ganas de saber. ¡Ay que diferente habría sido su vida si hubiera dado rienda suelta a su curiosidad!
Quiso saber por qué ella, siendo aún una niña, tenía que acudir un determinado día del mes de noviembre de cada año, junto con los demás niños de su colegio, a un lugar llamado Cruz de los Caídos y aguantar bajo el frío y los chaparrones que un señor con voz cansina leyera no sabe que cosa de un tal José Antonio Primo de Rivera, pero no era de buena educación preguntar y no preguntó.
Quiso saber por qué en su instituto se estudiaba mucha historia antigua y muy poca contemporánea, pero de nuevo fue educada y no preguntó
Quiso que su familia le contara por qué en España había habido una contienda entre hermanos y esta vez lo preguntó, pero la respuesta fue: ¡ Niña no seas curiosa, de esas cosas no se habla!, así que volvió a hacer alarde de buena educación y no volvió a preguntar.
Después creció, se casó, tuvo hijos y dejó de ser curiosa, simplemente por que no tenía tiempo para curiosear. No obstante como el que tuvo retuvo quiso saber por qué ella, mujer, hacía jornadas laborales de dieciséis o dieciocho horas (profesionales y domésticas) mientras que su pareja, hombre, solo hacía las profesionales de siete u ocho horas, pero una vez más calló y no preguntó.
Ahora cuando, sin necesidad de ser licenciada en matemáticas, sino simplemente contando con los dedos, se da cuenta de que ha sobrepasado el ecuador de su vida; ha decidido despertar a la niña curiosa que siempre ha llevado dentro. Ya no le importa que la llamen mal educada. Si tiene que ser transgresora lo será. Está ávida de saber y no quiere escatimar medios para lograrlo.
Desde pequeña fue una lectora empedernida, pero aunque dicen que toda lectura es enriquecedora, se da cuenta que la mayoría de las suyas solo le servían de entretenimiento. No sacaba ninguna enseñanza de ellas. Por eso en cuanto alguien cita a autores como Kipling, Pavese o Nabokov, sólo por citar algunos nombres, se lanza de cabeza al buscador y, presa de una excitación sin limites, mete, literalmente, la cabeza en su ordenador y busca y rebusca hasta enterarse de las obras y milagros de todos ellos.
Lo hace de forma convulsiva. No quiere dejar nada para mañana, no vaya a ser que mañana sea tarde.
La curiosidad ha sido, también, la qué, para tormento de muchos, ha desatado una vena literaria que la lleva a querer contar cosas, continuamente, sin descanso. Ha experimentado el placer de leer poesía y se lanza como una posesa en busca de los versos que le proporcionen ese placer.
No sabe si agradecer o culpar de este disparate al mentor de Faroni que le recomendó leer Juegos de la edad tardía, de Landero. Desde entonces se descubre, en largas noches de insomnio, creyendo ser la versión femenina del personaje landeriano .
Todavía no se ha convertido en impostora como él, o ¿quizás sí? ¿ Acaso no se pavonea ella, delante de su gente, presumiendo de codearse, en un foro de poesía con escritores geniales?.
Como Faroni, está en una edad algo tardía para perseguir su afán, por eso busca afanosamente a un Dacio Gil Monroy que la haga lanzarse, definitivamente, por los caminos de la impostura.
Ana Clavero
24 de Marzo de 2006
¡ Niña no preguntes! ¡niña no seas curiosa que eso es de mala educación!. Su madre tenía su particular tratado de educación y ella la obedecía. Quería ser una señorita refinada, de pueblo, pero refinada, así que se guardó las ganas de saber. ¡Ay que diferente habría sido su vida si hubiera dado rienda suelta a su curiosidad!
Quiso saber por qué ella, siendo aún una niña, tenía que acudir un determinado día del mes de noviembre de cada año, junto con los demás niños de su colegio, a un lugar llamado Cruz de los Caídos y aguantar bajo el frío y los chaparrones que un señor con voz cansina leyera no sabe que cosa de un tal José Antonio Primo de Rivera, pero no era de buena educación preguntar y no preguntó.
Quiso saber por qué en su instituto se estudiaba mucha historia antigua y muy poca contemporánea, pero de nuevo fue educada y no preguntó
Quiso que su familia le contara por qué en España había habido una contienda entre hermanos y esta vez lo preguntó, pero la respuesta fue: ¡ Niña no seas curiosa, de esas cosas no se habla!, así que volvió a hacer alarde de buena educación y no volvió a preguntar.
Después creció, se casó, tuvo hijos y dejó de ser curiosa, simplemente por que no tenía tiempo para curiosear. No obstante como el que tuvo retuvo quiso saber por qué ella, mujer, hacía jornadas laborales de dieciséis o dieciocho horas (profesionales y domésticas) mientras que su pareja, hombre, solo hacía las profesionales de siete u ocho horas, pero una vez más calló y no preguntó.
Ahora cuando, sin necesidad de ser licenciada en matemáticas, sino simplemente contando con los dedos, se da cuenta de que ha sobrepasado el ecuador de su vida; ha decidido despertar a la niña curiosa que siempre ha llevado dentro. Ya no le importa que la llamen mal educada. Si tiene que ser transgresora lo será. Está ávida de saber y no quiere escatimar medios para lograrlo.
Desde pequeña fue una lectora empedernida, pero aunque dicen que toda lectura es enriquecedora, se da cuenta que la mayoría de las suyas solo le servían de entretenimiento. No sacaba ninguna enseñanza de ellas. Por eso en cuanto alguien cita a autores como Kipling, Pavese o Nabokov, sólo por citar algunos nombres, se lanza de cabeza al buscador y, presa de una excitación sin limites, mete, literalmente, la cabeza en su ordenador y busca y rebusca hasta enterarse de las obras y milagros de todos ellos.
Lo hace de forma convulsiva. No quiere dejar nada para mañana, no vaya a ser que mañana sea tarde.
La curiosidad ha sido, también, la qué, para tormento de muchos, ha desatado una vena literaria que la lleva a querer contar cosas, continuamente, sin descanso. Ha experimentado el placer de leer poesía y se lanza como una posesa en busca de los versos que le proporcionen ese placer.
No sabe si agradecer o culpar de este disparate al mentor de Faroni que le recomendó leer Juegos de la edad tardía, de Landero. Desde entonces se descubre, en largas noches de insomnio, creyendo ser la versión femenina del personaje landeriano .
Todavía no se ha convertido en impostora como él, o ¿quizás sí? ¿ Acaso no se pavonea ella, delante de su gente, presumiendo de codearse, en un foro de poesía con escritores geniales?.
Como Faroni, está en una edad algo tardía para perseguir su afán, por eso busca afanosamente a un Dacio Gil Monroy que la haga lanzarse, definitivamente, por los caminos de la impostura.
Ana Clavero
24 de Marzo de 2006