Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El poema, ese animal esquivo, respira bajo el agua, se esconde en la maleza, cambia de piel como un lagarto aburrido de su reflejo. No siempre tiene versos, ni rima, ni esas pausas ceremoniosas que algunos creen indispensables. A veces el poema se cansa de ser poema, y decide ser otra cosa: un suspiro en el vagón del metro, una mancha de café en la servilleta de un bar.
Cuando un poema no es poema, es un estallido. Es el olor a libro viejo que alguien abre en una tarde lluviosa. Es una fila interminable en la oficina de correos, donde el silencio es más ruidoso que las quejas. Allí, entre los murmullos, el poema se disfraza de bostezo colectivo.
El poema se escapa de las páginas, deja el papel como un actor que abandona su guion. Vive en el aire, en los bolsillos rotos, en las conversaciones interrumpidas. No hay ritmo que lo detenga, ni métrica que lo aprisione. Cuando un poema no es poema, vive en la forma en que miras una lámpara apagada, buscando luces que nunca estuvieron allí.
Es el vacío que duele entre una palabra y otra, como si el silencio también hablara. Es el murmullo de las cosas que no entendemos, esas que nos atraviesan y se quedan, como un golpe suave pero profundo.
Cuando un poema no es poema, es Cortázar jugando con el mundo, desordenando relojes, sentando a los días en mesas distintas. Y tú, lector, que buscas un poema, terminas encontrando una ventana abierta. Entras, sin saber por qué. Afuera, la prosa y la vida bailan al compás de algo que ni siquiera tiene nombre.
Cuando un poema no es poema, es un estallido. Es el olor a libro viejo que alguien abre en una tarde lluviosa. Es una fila interminable en la oficina de correos, donde el silencio es más ruidoso que las quejas. Allí, entre los murmullos, el poema se disfraza de bostezo colectivo.
El poema se escapa de las páginas, deja el papel como un actor que abandona su guion. Vive en el aire, en los bolsillos rotos, en las conversaciones interrumpidas. No hay ritmo que lo detenga, ni métrica que lo aprisione. Cuando un poema no es poema, vive en la forma en que miras una lámpara apagada, buscando luces que nunca estuvieron allí.
Es el vacío que duele entre una palabra y otra, como si el silencio también hablara. Es el murmullo de las cosas que no entendemos, esas que nos atraviesan y se quedan, como un golpe suave pero profundo.
Cuando un poema no es poema, es Cortázar jugando con el mundo, desordenando relojes, sentando a los días en mesas distintas. Y tú, lector, que buscas un poema, terminas encontrando una ventana abierta. Entras, sin saber por qué. Afuera, la prosa y la vida bailan al compás de algo que ni siquiera tiene nombre.