rebecca zuñiga
Poeta recién llegado
¿Me sientes?
Hay algo que todavía siento de ti.
Hay algo que me cuenta la historia de tus manos y los sonidos de tus años.
Es escurridiza la vida y hemos envejecidos y apuesto que no me reconocerías ni yo te reconocería.
¿Me ves?
Las lágrimas no dejan que los ojos se me abran y en ocasiones siento que te extraño y
que éstos años no han sido más que pedazos de vida que nunca debí haber coleccionado.
Y luego reconozco que ya todo terminó desde hace tanto tiempo y
que las marcas que dejaste me estremecen y
que los labios tuyos fueron míos y
que los míos aún son tuyos...
¿Me escuchas?
En el alba grito tu nombre y
las voces de los extraños me recuerdan tus sonidos y
tu mal humor.
Me recuerdan los silencios y las ganas que me daban de besarte cuando la luz se prendía o se apagaba,
cuando no existía nada y
cuando todavía había en nosotros ese aire infantil que ya no poseemos...
¿Me recuerdas?
Hace tanto que no me sentaba a la orilla de mi alma a verte,
a recordar cómo eran los tiempos en los que no había nada importante: nada más tu y yo. Y ya.
Las ansías nos corrían por los ojos y
no podíamos dejar de besarnos.
Y nos escondíamos del mundo y el mundo nos logro capturar.
Corrimos fronteras eternas en las que no había más que magia y las estrellas. Las estrellas se estremecían en las costuras de mis abrigos y
tus manos se me metían en los recovecos del alma antes de que la luna nos diera en el rostro.
Casi logré olvidarte.
Casi intente matar todo aquello que era hermoso y que nunca más volvió a venir a posarse en mi ventana.
Luego aprendí a odiar.
Destruí cada abrazo que recibía y ningún labio me sabía al tuyo.
Mediste todas las heridas que me causaron y cristalizaste mis temores aún cuando no estabas,
cuando vivías en mis recuerdos y no tenía nada que me acercará a ti.
Y llegué a ser invencible y a memorizar los instantes en que ya no había nada bello en mí.
Ni tampoco en ti...
Hay algo que todavía siento de ti.
Hay algo que me cuenta la historia de tus manos y los sonidos de tus años.
Es escurridiza la vida y hemos envejecidos y apuesto que no me reconocerías ni yo te reconocería.
¿Me ves?
Las lágrimas no dejan que los ojos se me abran y en ocasiones siento que te extraño y
que éstos años no han sido más que pedazos de vida que nunca debí haber coleccionado.
Y luego reconozco que ya todo terminó desde hace tanto tiempo y
que las marcas que dejaste me estremecen y
que los labios tuyos fueron míos y
que los míos aún son tuyos...
¿Me escuchas?
En el alba grito tu nombre y
las voces de los extraños me recuerdan tus sonidos y
tu mal humor.
Me recuerdan los silencios y las ganas que me daban de besarte cuando la luz se prendía o se apagaba,
cuando no existía nada y
cuando todavía había en nosotros ese aire infantil que ya no poseemos...
¿Me recuerdas?
Hace tanto que no me sentaba a la orilla de mi alma a verte,
a recordar cómo eran los tiempos en los que no había nada importante: nada más tu y yo. Y ya.
Las ansías nos corrían por los ojos y
no podíamos dejar de besarnos.
Y nos escondíamos del mundo y el mundo nos logro capturar.
Corrimos fronteras eternas en las que no había más que magia y las estrellas. Las estrellas se estremecían en las costuras de mis abrigos y
tus manos se me metían en los recovecos del alma antes de que la luna nos diera en el rostro.
Casi logré olvidarte.
Casi intente matar todo aquello que era hermoso y que nunca más volvió a venir a posarse en mi ventana.
Luego aprendí a odiar.
Destruí cada abrazo que recibía y ningún labio me sabía al tuyo.
Mediste todas las heridas que me causaron y cristalizaste mis temores aún cuando no estabas,
cuando vivías en mis recuerdos y no tenía nada que me acercará a ti.
Y llegué a ser invencible y a memorizar los instantes en que ya no había nada bello en mí.
Ni tampoco en ti...