Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cuando se ama de lejos
no se toca el cuerpo,
pero se incendia la memoria.
Se aprende el peso de un nombre
como quien aprende a cargar agua en las manos:
sabiendo que siempre se escapa
y aun así se insiste.
Amar de lejos es hablarle al vacío
y que el vacío responda con eco.
Es mirar el teléfono como si fuera ventana,
como si del otro lado respirara el milagro.
No hay piel,
pero hay insomnio.
No hay abrazo,
pero hay una sombra que se acuesta contigo
y pronuncia su nombre en la almohada.
Uno ama con lo que tiene:
una fotografía gastada,
una promesa que cruza fronteras,
una esperanza que no entiende de kilómetros.
Y aunque la distancia muerda,
aunque el silencio sea un animal nocturno,
el amor —terco y humilde—
se queda.
Porque cuando se ama de lejos
no se ama menos:
se ama distinto.
Con más fe que certezas,
con más alma que manos.
no se toca el cuerpo,
pero se incendia la memoria.
Se aprende el peso de un nombre
como quien aprende a cargar agua en las manos:
sabiendo que siempre se escapa
y aun así se insiste.
Amar de lejos es hablarle al vacío
y que el vacío responda con eco.
Es mirar el teléfono como si fuera ventana,
como si del otro lado respirara el milagro.
No hay piel,
pero hay insomnio.
No hay abrazo,
pero hay una sombra que se acuesta contigo
y pronuncia su nombre en la almohada.
Uno ama con lo que tiene:
una fotografía gastada,
una promesa que cruza fronteras,
una esperanza que no entiende de kilómetros.
Y aunque la distancia muerda,
aunque el silencio sea un animal nocturno,
el amor —terco y humilde—
se queda.
Porque cuando se ama de lejos
no se ama menos:
se ama distinto.
Con más fe que certezas,
con más alma que manos.