I
Antes de morir respondía por Víctor,
ojito derecho de papa,
bachiller impoluto e inocente,
el primero en ir a la universidad.
Portador del cepillo de la Iglesia
para todos aquellos que se querían salvar,
el fútbol y los bares eran cosa para pobres,
y ese año no paró de escupir el cielo
sobre su Andalucía natal.
Tenía tantos premios en la escuela
como en casa,
incluso novia formal,
una princesa de alcurnia y buenos modales
que no entendía el cante de Camarón,
ni el arte de la oreja y los chipirones,
y Armendáriz le sonaba a vieja canción.
Tenía tanto futuro por programar,
tanto ímpetu por besar las leyes,
que si no hubiera bajado a la tierra
jamás hubiera podido llorar.
Tenía tanto pasado por conservar
que hasta la lluvia se abría a su paso,
no se fuera el señor a molestar
y le diera por batir
el látigo del fracaso.
II
Y llegaron Baudelaire y las faltas de acento,
alguna confidencia que no se puede confesar,
las faldas que subsisten por enero,
retazos de una muerte sin anunciar.
Y de repente, salió el sol.
Parque del Oeste, trompetillas rojas,
un carpe diem por badera,
y doble de tequila con ron,
martes, miercoles,
y Venus descanso,
no vaya a ser
que el profeta sea yo.
Ludópata de la ruleta de las caladas,
y algún que otro eco que puede torcer
el currículum, las miserias
y los dientes
por abonarse al club del amanecer,
de los malditos santos inconscientes,
de las nubladas montañas...
del hueco por recordar,
de lo amigos que no valen nada,
del arroyo que no supo terminar.
Y amanecía.
Cada vez más canalla y más papel de fumar.
Cada vez más dios entre los espíritus
que dimiten por falta de realidad,
por la lucidez de la juventud perdida,
por la soga que nos baña de alquitrán.
Y eran buenos años.
Los mejores, cree recordar.
La Luna salía siete días cada semana,
siempre la invitaba a bailar,
siempre le dejaba una propina al camello
a cambio de un pedacito de felicidad,
orgasmos comprados a la baja,
y la princesita dejó de llamar.
Luego, a cruzar la línea
que separa la anmistía de la condena,
los oceános de los ríos,
las pateras de los naufragios,
y no poder volver a una casa
tan lejana, tan olvidada,
que no había valor para reconducir las palabras.
Para qué coleccionar libros,
si la vida está en la calle,
en los olimpos de cajetín y parque,
en los billetes que no fima nadie.
En los antes,
en las horlas suspendidas en febrero,
kamicaces, trileros,
milímetros de suspiros
refugiados en secreto.
III
Y de repente, ya era el "Talego",
pistolero de las balas del olvido,
24 horas al día, hachís, pastillas,
la mejor cocaína,
adios a los estudios,
a Don Vito, al señor Facundo.
Bienvenido al mundo de la heroína.
Después,
a dejar unos años perdido el sol,
y tener millones de amigos en el mundo,
de reirte de las corbatas de los ministros,
de esnifarte cada olita que deja
cada milésima de segundo.
Ahora las princesas no tienen enaguas,
y sólo mandas postales en Navidad,
aunque para ti siempre hay nieve blanca,
y que delgadito lo vería mamá.
Has perdido el teléfono
del aquel compañero licenciado,
hermano de habitación,
la primera calada al silencio
en la melodía de un botellón.
Y algo cambia cuando te compras la pistola,
cuando cualquier llamada te puede matar,
cuando no sabes si consumes o vendes,
y el sol que sigue sin llegar.
Y ves por todas partes a un Gran Hermano
que no te deja mascullar
tu trocito de la fuente del deseo
que aquel día nos regaló la mar.
Y todo se jodió en aquella redada,
el Víctor, el quizás, el invierno,
y llegó la oscuridad eterna
de los quejidos que no pertenecen a nadie.
IV
Ya no te refleja el espejo
cuando prefieres colgar
por tu habitación
fotografías de lo ajeno
sobre tu infinita soledad.
"Mírale, es el Talego", te
dice la Gran Vía al pasar,
sobre un cómic en blanco y negro,
donde sospechas que el villano eres tú,
y ves como los días se los lleva
un rejoj en forma de alud.
Era martes, veintisiete,
nunca supiste qué pasó.
Se disparó,
la disparaste,
te disparaste en el corazón.
Adiós a la obra,
30 años
sin levantarse el telón
del esperpento más infame
que una pluma puede fabular.
Y, ahora sí, la eterna noche,
las palizas de marcas sin registrar,
la ominosa melodía del barrote
sin que nadie te venga a visitar.
Y ya no luchas.
Sólo callas.
La ausencia de ti mismo te consume,
te difumina
sobre una ciénaga podrida
de ratas y versos,
de sombras que buscan una chimenea
por la que dejar volar tus sueños.
Y cada calendario lo ves más gris,
más amargo,
y tú,
cada vez más viejo,
cada vez más huraño,
convencido de ser esa gota de agua
que siempre vacía el vaso.
La máscara más oculta del teatro,
esa que nadie quiere enseñar
a navegar sobre los cuentos de Ibsen,
sobre los falsos retratos.
V
Después y hasta ahora,
un coche con forma de boucle
dejaba atrás cada estación,
en una parada que siempre
era la misma
pero con diferente color.
Y ya no recuerdas la última ocasión
en la que te llamaron de usted,
ni cuando la barba dejó de ser negra
para ser ceniza del amanecer,
que no te observaban diferente
por no ser como el "niño aquel".
Y no hay nada más
que un saludo del viento,
un poco de maldad,
y el cariño de Lucero
que, con los años, ya
era más aire que respirar,
ya era más hombre que perro,
y más ateo que sultán.
Y bueno,
las zancadas, las miserias,
los atascos sin
frenos automáticos,
los soldados,
los ministros,
los casados.
Y claro,
las señoras, los días,
los putos
malcriados,
los verbos,
la lluvia,
el bocadillo en la mano.
Algún que otro arrepentimiento,
sólo si es día de café y porras
y le han tocado "los ciegos" al "Cojo",
o el Santi se deja querer
y no le mira si le robamos.
Y siempre amamantado por la luna,
y siempre encomiándose a dios,
para que cuando decida apagar la vela
lo haga con un soplo cansado,
pequeñito, sin dolor.
VI
Y míra tú que llego la primera
cuando creías gastado todo el sol,
una mirada perdida, una sonrisa incompleta,
"alguien tan perdido como yo".
Y míra tu que también llego la Parca,
como no el recibo en el pulmón,
el contador jugando con ceros
"ahora no me quiero ir yo".
Y vuelves a Rimbaud,
al orar elegante
y buscas
cartón sobre cartón
hasta que la brisa
os declare amantes,
hasta que le crepusculo
os toque una canción.
Y cada vez más lento el reloj,
cada más carcomido,
Y sólo quieres una noche
para reconciliarte con el
mundo,
y con cada una de sus estrellas,
y que todo sea verso,
y que sea ella,
y que llore el universo.
Cuentan por ahí
que ya no llora el Talego,
que nadie le vio marchar,
que debe andar por el infierno,
que una noche se le paró el corazon
por sobredosis de recuerdos,
que su luna ya no sale igual,
que una vieja no deja de rezar
y de escribirle poemas en el cementerio.
Antes de morir respondía por Víctor,
ojito derecho de papa,
bachiller impoluto e inocente,
el primero en ir a la universidad.
Portador del cepillo de la Iglesia
para todos aquellos que se querían salvar,
el fútbol y los bares eran cosa para pobres,
y ese año no paró de escupir el cielo
sobre su Andalucía natal.
Tenía tantos premios en la escuela
como en casa,
incluso novia formal,
una princesa de alcurnia y buenos modales
que no entendía el cante de Camarón,
ni el arte de la oreja y los chipirones,
y Armendáriz le sonaba a vieja canción.
Tenía tanto futuro por programar,
tanto ímpetu por besar las leyes,
que si no hubiera bajado a la tierra
jamás hubiera podido llorar.
Tenía tanto pasado por conservar
que hasta la lluvia se abría a su paso,
no se fuera el señor a molestar
y le diera por batir
el látigo del fracaso.
II
Y llegaron Baudelaire y las faltas de acento,
alguna confidencia que no se puede confesar,
las faldas que subsisten por enero,
retazos de una muerte sin anunciar.
Y de repente, salió el sol.
Parque del Oeste, trompetillas rojas,
un carpe diem por badera,
y doble de tequila con ron,
martes, miercoles,
y Venus descanso,
no vaya a ser
que el profeta sea yo.
Ludópata de la ruleta de las caladas,
y algún que otro eco que puede torcer
el currículum, las miserias
y los dientes
por abonarse al club del amanecer,
de los malditos santos inconscientes,
de las nubladas montañas...
del hueco por recordar,
de lo amigos que no valen nada,
del arroyo que no supo terminar.
Y amanecía.
Cada vez más canalla y más papel de fumar.
Cada vez más dios entre los espíritus
que dimiten por falta de realidad,
por la lucidez de la juventud perdida,
por la soga que nos baña de alquitrán.
Y eran buenos años.
Los mejores, cree recordar.
La Luna salía siete días cada semana,
siempre la invitaba a bailar,
siempre le dejaba una propina al camello
a cambio de un pedacito de felicidad,
orgasmos comprados a la baja,
y la princesita dejó de llamar.
Luego, a cruzar la línea
que separa la anmistía de la condena,
los oceános de los ríos,
las pateras de los naufragios,
y no poder volver a una casa
tan lejana, tan olvidada,
que no había valor para reconducir las palabras.
Para qué coleccionar libros,
si la vida está en la calle,
en los olimpos de cajetín y parque,
en los billetes que no fima nadie.
En los antes,
en las horlas suspendidas en febrero,
kamicaces, trileros,
milímetros de suspiros
refugiados en secreto.
III
Y de repente, ya era el "Talego",
pistolero de las balas del olvido,
24 horas al día, hachís, pastillas,
la mejor cocaína,
adios a los estudios,
a Don Vito, al señor Facundo.
Bienvenido al mundo de la heroína.
Después,
a dejar unos años perdido el sol,
y tener millones de amigos en el mundo,
de reirte de las corbatas de los ministros,
de esnifarte cada olita que deja
cada milésima de segundo.
Ahora las princesas no tienen enaguas,
y sólo mandas postales en Navidad,
aunque para ti siempre hay nieve blanca,
y que delgadito lo vería mamá.
Has perdido el teléfono
del aquel compañero licenciado,
hermano de habitación,
la primera calada al silencio
en la melodía de un botellón.
Y algo cambia cuando te compras la pistola,
cuando cualquier llamada te puede matar,
cuando no sabes si consumes o vendes,
y el sol que sigue sin llegar.
Y ves por todas partes a un Gran Hermano
que no te deja mascullar
tu trocito de la fuente del deseo
que aquel día nos regaló la mar.
Y todo se jodió en aquella redada,
el Víctor, el quizás, el invierno,
y llegó la oscuridad eterna
de los quejidos que no pertenecen a nadie.
IV
Ya no te refleja el espejo
cuando prefieres colgar
por tu habitación
fotografías de lo ajeno
sobre tu infinita soledad.
"Mírale, es el Talego", te
dice la Gran Vía al pasar,
sobre un cómic en blanco y negro,
donde sospechas que el villano eres tú,
y ves como los días se los lleva
un rejoj en forma de alud.
Era martes, veintisiete,
nunca supiste qué pasó.
Se disparó,
la disparaste,
te disparaste en el corazón.
Adiós a la obra,
30 años
sin levantarse el telón
del esperpento más infame
que una pluma puede fabular.
Y, ahora sí, la eterna noche,
las palizas de marcas sin registrar,
la ominosa melodía del barrote
sin que nadie te venga a visitar.
Y ya no luchas.
Sólo callas.
La ausencia de ti mismo te consume,
te difumina
sobre una ciénaga podrida
de ratas y versos,
de sombras que buscan una chimenea
por la que dejar volar tus sueños.
Y cada calendario lo ves más gris,
más amargo,
y tú,
cada vez más viejo,
cada vez más huraño,
convencido de ser esa gota de agua
que siempre vacía el vaso.
La máscara más oculta del teatro,
esa que nadie quiere enseñar
a navegar sobre los cuentos de Ibsen,
sobre los falsos retratos.
V
Después y hasta ahora,
un coche con forma de boucle
dejaba atrás cada estación,
en una parada que siempre
era la misma
pero con diferente color.
Y ya no recuerdas la última ocasión
en la que te llamaron de usted,
ni cuando la barba dejó de ser negra
para ser ceniza del amanecer,
que no te observaban diferente
por no ser como el "niño aquel".
Y no hay nada más
que un saludo del viento,
un poco de maldad,
y el cariño de Lucero
que, con los años, ya
era más aire que respirar,
ya era más hombre que perro,
y más ateo que sultán.
Y bueno,
las zancadas, las miserias,
los atascos sin
frenos automáticos,
los soldados,
los ministros,
los casados.
Y claro,
las señoras, los días,
los putos
malcriados,
los verbos,
la lluvia,
el bocadillo en la mano.
Algún que otro arrepentimiento,
sólo si es día de café y porras
y le han tocado "los ciegos" al "Cojo",
o el Santi se deja querer
y no le mira si le robamos.
Y siempre amamantado por la luna,
y siempre encomiándose a dios,
para que cuando decida apagar la vela
lo haga con un soplo cansado,
pequeñito, sin dolor.
VI
Y míra tú que llego la primera
cuando creías gastado todo el sol,
una mirada perdida, una sonrisa incompleta,
"alguien tan perdido como yo".
Y míra tu que también llego la Parca,
como no el recibo en el pulmón,
el contador jugando con ceros
"ahora no me quiero ir yo".
Y vuelves a Rimbaud,
al orar elegante
y buscas
cartón sobre cartón
hasta que la brisa
os declare amantes,
hasta que le crepusculo
os toque una canción.
Y cada vez más lento el reloj,
cada más carcomido,
Y sólo quieres una noche
para reconciliarte con el
mundo,
y con cada una de sus estrellas,
y que todo sea verso,
y que sea ella,
y que llore el universo.
Cuentan por ahí
que ya no llora el Talego,
que nadie le vio marchar,
que debe andar por el infierno,
que una noche se le paró el corazon
por sobredosis de recuerdos,
que su luna ya no sale igual,
que una vieja no deja de rezar
y de escribirle poemas en el cementerio.