Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la plaza del pueblo, sentado en un banco de madera, miro la iglesia fortaleza que ante mí se levanta. Muros de mampostería, mitad iglesia, mitad castillo, levantada por frailes que fueron guerreros. Cae la tarde y en un preciso instante el sol, vuelto rojo, incendia la piedra.
Arde en las manos de un anciano el matraz alquímico; arden en la roja luz los instrumentos que tañen arcángeles en las arquivoltas del pórtico. Magia de la luz que regala la tarde.
La sombra va ganando el pie del edificio cubriendo poco a poco las paredes. Únicamente, allá arriba, junto al cielo de canecillos donde se representa la Jerusalén Celeste, parece detenerse la luz, una demora casi imperceptible, un suspiro.
Una vieja, arropada en su mantón negro, pasa con la rapidez que le permiten sus torpes piernas, ajena al hermoso milagro, camino del rosario.
Dos mulan tiran de un carro que pasa rechinando, sacando chispas de las piedras de la calle.
El sol se queda prendido, o tal vez prendado en la veleta de la torre; se entretiene allí un momento y desaparece. La tarde se envuelve lentamente en sombras. Con el crepúsculo, el recuerdo de la voz de un mozo cantando:
"Allá va la despedida,
la del sol a las paredes
que por las tardes se va
y por las mañanas vuelve".
Arde en las manos de un anciano el matraz alquímico; arden en la roja luz los instrumentos que tañen arcángeles en las arquivoltas del pórtico. Magia de la luz que regala la tarde.
La sombra va ganando el pie del edificio cubriendo poco a poco las paredes. Únicamente, allá arriba, junto al cielo de canecillos donde se representa la Jerusalén Celeste, parece detenerse la luz, una demora casi imperceptible, un suspiro.
Una vieja, arropada en su mantón negro, pasa con la rapidez que le permiten sus torpes piernas, ajena al hermoso milagro, camino del rosario.
Dos mulan tiran de un carro que pasa rechinando, sacando chispas de las piedras de la calle.
El sol se queda prendido, o tal vez prendado en la veleta de la torre; se entretiene allí un momento y desaparece. La tarde se envuelve lentamente en sombras. Con el crepúsculo, el recuerdo de la voz de un mozo cantando:
"Allá va la despedida,
la del sol a las paredes
que por las tardes se va
y por las mañanas vuelve".