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Crepúsculo

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
En la plaza del pueblo, sentado en un banco de madera, miro la iglesia fortaleza que ante mí se levanta. Muros de mampostería, mitad iglesia, mitad castillo, levantada por frailes que fueron guerreros. Cae la tarde y en un preciso instante el sol, vuelto rojo, incendia la piedra.

Arde en las manos de un anciano el matraz alquímico; arden en la roja luz los instrumentos que tañen arcángeles en las arquivoltas del pórtico. Magia de la luz que regala la tarde.

La sombra va ganando el pie del edificio cubriendo poco a poco las paredes. Únicamente, allá arriba, junto al cielo de canecillos donde se representa la Jerusalén Celeste, parece detenerse la luz, una demora casi imperceptible, un suspiro.

Una vieja, arropada en su mantón negro, pasa con la rapidez que le permiten sus torpes piernas, ajena al hermoso milagro, camino del rosario.
Dos mulan tiran de un carro que pasa rechinando, sacando chispas de las piedras de la calle.

El sol se queda prendido, o tal vez prendado en la veleta de la torre; se entretiene allí un momento y desaparece. La tarde se envuelve lentamente en sombras. Con el crepúsculo, el recuerdo de la voz de un mozo cantando:

"Allá va la despedida,
la del sol a las paredes
que por las tardes se va
y por las mañanas vuelve".
 
Adoro las iglesias, son místicas.
Casualmente ayer, encontré una imagen de la Catedral de St Colman en Irlanda, que es un país sueño para mi (a los argentinos todo nos queda lejos y caro) y la pensé como un castillo.
A una hora de mi casa está la Catedral de la ciudad de La Plata que es otra maravilla.
Cuando vi que hablabas de iglesia, fue una gratísima casualidad.
Yo veo magia mística en ciertas arquitecturas, percibí esa misma magia en tu relato. Amé la línea del sol enamorado de la veleta de la torre. Es una imagen de esas que se van a quedar en mi memoria.
Aquí voy de nuevo con el clásico "que lindo..." pero es que sí, es lindo leerte y porfa ya no me digas "no te entretengo", que yo me quiero entretener. Yo quiero leerte, y me temo que si por alguna causa te toque ausentarte del portal me estaré preguntando "dónde está Luis". De verdad, es un placer este intercambio.
Te admiro, y te lo digo con absoluta sinceridad.

Un abrazo :)
 
Adoro las iglesias, son místicas.
Casualmente ayer, encontré una imagen de la Catedral de St Colman en Irlanda, que es un país sueño para mi (a los argentinos todo nos queda lejos y caro) y la pensé como un castillo.
A una hora de mi casa está la Catedral de la ciudad de La Plata que es otra maravilla.
Cuando vi que hablabas de iglesia, fue una gratísima casualidad.
Yo veo magia mística en ciertas arquitecturas, percibí esa misma magia en tu relato. Amé la línea del sol enamorado de la veleta de la torre. Es una imagen de esas que se van a quedar en mi memoria.
Aquí voy de nuevo con el clásico "que lindo..." pero es que sí, es lindo leerte y porfa ya no me digas "no te entretengo", que yo me quiero entretener. Yo quiero leerte, y me temo que si por alguna causa te toque ausentarte del portal me estaré preguntando "dónde está Luis". De verdad, es un placer este intercambio.
Te admiro, y te lo digo con absoluta sinceridad.

Un abrazo :)
Cuando escribí este relato estaba pensando en una iglesia en concreto, la iglesia de Santa María la Blanca, en un pueblo cerca de donde vivo, que se llama Vilalcázar de Sirga. Allí está Nuestra Señora a quien dedica Alfonso X el Sabio sus famosas Cantigas. Una tarde de esas a la caída del verano, de cielos claros y horizontes lejanos, estuve sentando frente a la fachada oeste de la iglesia. Nuestras iglesias góticas y románicas están orientadas con sus ábsides al este, por donde sale el sol de la mañana y cuando cae la tarde, el sol enamorado, se entretiene en sus fachadas. Así la luz en su último fulgor, la iglesia y el poeta, se juntaron. Cuánta belleza se ofrece a nuestros ojos, en cualquier rincón, y qué ciegos estamos a veces para no saber encontrarla.
Es bonito compartir un rato de charla. Un beso grande Cecy. Luis.
 
En la plaza del pueblo, sentado en un banco de madera, miro la iglesia fortaleza que ante mí se levanta. Muros de mampostería, mitad iglesia, mitad castillo, levantada por frailes que fueron guerreros. Cae la tarde y en un preciso instante el sol, vuelto rojo, incendia la piedra.

Arde en las manos de un anciano el matraz alquímico; arden en la roja luz los instrumentos que tañen arcángeles en las arquivoltas del pórtico. Magia de la luz que regala la tarde.

La sombra va ganando el pie del edificio cubriendo poco a poco las paredes. Únicamente, allá arriba, junto al cielo de canecillos donde se representa la Jerusalén Celeste, parece detenerse la luz, una demora casi imperceptible, un suspiro.

Una vieja, arropada en su mantón negro, pasa con la rapidez que le permiten sus torpes piernas, ajena al hermoso milagro, camino del rosario.
Dos mulan tiran de un carro que pasa rechinando, sacando chispas de las piedras de la calle.

El sol se queda prendido, o tal vez prendado en la veleta de la torre; se entretiene allí un momento y desaparece. La tarde se envuelve lentamente en sombras. Con el crepúsculo, el recuerdo de la voz de un mozo cantando:

"Allá va la despedida,
la del sol a las paredes
que por las tardes se va
y por las mañanas vuelve".
El crepúsculo es un momento único y especial del día, y lo describes à la perfección. La lucha de la luz y de la sombra sobre la iglesia castillo magistral, un momento de lectura para meditar, para detenerse y apreciar el momento presente.
Tiene algo de una película esa prosa, no soy especialista pero la veo como el principio de una película o más bien de una novela
Un gran placer esa lectura.
mi amistad poética. Amarilys
 
El crepúsculo es un momento único y especial del día, y lo describes à la perfección. La lucha de la luz y de la sombra sobre la iglesia castillo magistral, un momento de lectura para meditar, para detenerse y apreciar el momento presente.
Tiene algo de una película esa prosa, no soy especialista pero la veo como el principio de una película o más bien de una novela
Un gran placer esa lectura.
mi amistad poética. Amarilys
Es el relato de un instante, de un momento que tuve para apurar la belleza de un ocaso que se reflejaba en la luz que vestía esa iglesia. Esos pequeños ratos dan mucha satisfacción. Gracias por asomarte a este relato y dejar tan bonito comentario. Besos. Luis.
 
En la plaza del pueblo, sentado en un banco de madera, miro la iglesia fortaleza que ante mí se levanta. Muros de mampostería, mitad iglesia, mitad castillo, levantada por frailes que fueron guerreros. Cae la tarde y en un preciso instante el sol, vuelto rojo, incendia la piedra.

Arde en las manos de un anciano el matraz alquímico; arden en la roja luz los instrumentos que tañen arcángeles en las arquivoltas del pórtico. Magia de la luz que regala la tarde.

La sombra va ganando el pie del edificio cubriendo poco a poco las paredes. Únicamente, allá arriba, junto al cielo de canecillos donde se representa la Jerusalén Celeste, parece detenerse la luz, una demora casi imperceptible, un suspiro.

Una vieja, arropada en su mantón negro, pasa con la rapidez que le permiten sus torpes piernas, ajena al hermoso milagro, camino del rosario.
Dos mulan tiran de un carro que pasa rechinando, sacando chispas de las piedras de la calle.

El sol se queda prendido, o tal vez prendado en la veleta de la torre; se entretiene allí un momento y desaparece. La tarde se envuelve lentamente en sombras. Con el crepúsculo, el recuerdo de la voz de un mozo cantando:

"Allá va la despedida,
la del sol a las paredes
que por las tardes se va
y por las mañanas vuelve".

Ayyy Luís qué lindo atardecer, colmado de belleza y de calidez, con esos ancianos contemplándolo placenteramente y transmitiendo a nuestra mirada todo su esplendor. Eres un excelente narrador, tus descripciones nos hacen vivir esos momentos tan deliciosos y bellos. Encantada de leerte querido amigo. Besazos con admiración y cariño...muááááacksss...
 
En la plaza del pueblo, sentado en un banco de madera, miro la iglesia fortaleza que ante mí se levanta. Muros de mampostería, mitad iglesia, mitad castillo, levantada por frailes que fueron guerreros. Cae la tarde y en un preciso instante el sol, vuelto rojo, incendia la piedra.

Arde en las manos de un anciano el matraz alquímico; arden en la roja luz los instrumentos que tañen arcángeles en las arquivoltas del pórtico. Magia de la luz que regala la tarde.

La sombra va ganando el pie del edificio cubriendo poco a poco las paredes. Únicamente, allá arriba, junto al cielo de canecillos donde se representa la Jerusalén Celeste, parece detenerse la luz, una demora casi imperceptible, un suspiro.

Una vieja, arropada en su mantón negro, pasa con la rapidez que le permiten sus torpes piernas, ajena al hermoso milagro, camino del rosario.
Dos mulan tiran de un carro que pasa rechinando, sacando chispas de las piedras de la calle.

El sol se queda prendido, o tal vez prendado en la veleta de la torre; se entretiene allí un momento y desaparece. La tarde se envuelve lentamente en sombras. Con el crepúsculo, el recuerdo de la voz de un mozo cantando:

"Allá va la despedida,
la del sol a las paredes
que por las tardes se va
y por las mañanas vuelve".

Qué poder tiene el alma
de asombrarse
ante los detalles
pequeños grandes detalles
que solo unos pocos
tienen a su alcance tal virtud
donde la mayoría no los perciben
y encima
deletrearlos maravillados con tanta fineza
como lo hace, Luis, tu alma contemplativa,
me ha dado mucho gusto disfrutar del paisaje
de la mano de tu pluma,
siempre grato leerte y más cuando Morfeo
se ha detenido en algún estancia lejana y se ha olvidado
de mí, cuando son casi las tres de mi madrugada...

ligiA
 
Ayyy Luís qué lindo atardecer, colmado de belleza y de calidez, con esos ancianos contemplándolo placenteramente y transmitiendo a nuestra mirada todo su esplendor. Eres un excelente narrador, tus descripciones nos hacen vivir esos momentos tan deliciosos y bellos. Encantada de leerte querido amigo. Besazos con admiración y cariño...muááááacksss...
Encantado de que te haya gustado, como te digo, muchos de estos relatos son recuerdos de días pasados, donde vivíamos con más tranquilidad y teníamos tiempo para estos detalles. Por eso lo cuento. Un fuere abrazo. Feliz domingo. Muchas gracias.Un beso enorme.
Luis.
 
Qué poder tiene el alma
de asombrarse
ante los detalles
pequeños grandes detalles
que solo unos pocos
tienen a su alcance tal virtud
donde la mayoría no los perciben
y encima
deletrearlos maravillados con tanta fineza
como lo hace, Luis, tu alma contemplativa,
me ha dado mucho gusto disfrutar del paisaje
de la mano de tu pluma,
siempre grato leerte y más cuando Morfeo
se ha detenido en algún estancia lejana y se ha olvidado
de mí, cuando son casi las tres de mi madrugada...

ligiA
Desearía que mi relato te hubiese hecho coger de nuevo el sueño. Mientras tanto, me alegro si el pequeño paseo por Villalcázar de Sirga, te sirvió de entretenimiento. Ciertamente el día de hoy lo vivimos con tales prisas que pasamos por delante de la belleza, la miramos y no la vemos. Posiblemente sea el sino de los tiempos. Gracias por tu lectura, por la presencia y el comentario de estas líneas. Un abrazo. Luis.
 
En la plaza del pueblo, sentado en un banco de madera, miro la iglesia fortaleza que ante mí se levanta. Muros de mampostería, mitad iglesia, mitad castillo, levantada por frailes que fueron guerreros. Cae la tarde y en un preciso instante el sol, vuelto rojo, incendia la piedra.

Arde en las manos de un anciano el matraz alquímico; arden en la roja luz los instrumentos que tañen arcángeles en las arquivoltas del pórtico. Magia de la luz que regala la tarde.

La sombra va ganando el pie del edificio cubriendo poco a poco las paredes. Únicamente, allá arriba, junto al cielo de canecillos donde se representa la Jerusalén Celeste, parece detenerse la luz, una demora casi imperceptible, un suspiro.

Una vieja, arropada en su mantón negro, pasa con la rapidez que le permiten sus torpes piernas, ajena al hermoso milagro, camino del rosario.
Dos mulan tiran de un carro que pasa rechinando, sacando chispas de las piedras de la calle.

El sol se queda prendido, o tal vez prendado en la veleta de la torre; se entretiene allí un momento y desaparece. La tarde se envuelve lentamente en sombras. Con el crepúsculo, el recuerdo de la voz de un mozo cantando:

"Allá va la despedida,
la del sol a las paredes
que por las tardes se va
y por las mañanas vuelve".
Me encanta ver desde tus ojos esa caída de sol que con elegancia va dejando matices sobre la luz que se aleja, pero también ese inigualable encuentro que existe entre el interior y todo lo exterior cuando en unión forjan el arte del momento como un milagro que jamás vuelve a repertirse. Otra prosa que da gusto leer. Un saludo y gran abrazo.
 
Me encanta ver desde tus ojos esa caída de sol que con elegancia va dejando matices sobre la luz que se aleja, pero también ese inigualable encuentro que existe entre el interior y todo lo exterior cuando en unión forjan el arte del momento como un milagro que jamás vuelve a repertirse. Otra prosa que da gusto leer. Un saludo y gran abrazo.
Así es la magia del momento. Si estás con los ojos abiertos, el milagro se repite casi todos los días; lo malo son esas prisas que nos tienen tan ocupados. Agradezco tus palabras, son un elogio para mí. Besos. Luis.
 
Última edición:
Debe ser una de las mejores y más bella descripción de un atardecer que he leído, será porque tiene envuelta un touch de melancolía y misterio que al lector lo prende, o simplemente porque su magistral pluma hace que nos sintamos inmersos en ese paisaje. ¡Simplemente magistral! Un verdadero placer disfrutar de una obra tan exquisita como su prosa, Luis Á. Ruiz Peradejordi, reciba la más cálida felicitación y saludos.
 
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