Ziler
Poeta recién llegado
Retornado a su cuerpo con un apetito voraz, dejo que el anonimato nos devore en un deleite de gemidos y cenizas. Es otro manjar el que impregna mis letras, las cuales poseen ya una borra de soledad asentada en el fondo; y es por ese hartazgo de escanciarla en esta copa hendida que se me escapa la belleza de su pelo con la solemnidad de mi fenecer.
No creo en tu promesa de retirar esta carátula sórdida, pues esa apostasía es ya un mandamiento olvidado por mi fe, que, escuchando el silencio de Dios, decidió exorcizar las erinias que la custodian, atacando su divina comedia con una herejía que no distingue entre el amor puro y la inmaculada muerte.
Ignoras que me desvanezco en las madrugadas para ahorrarte el café de la despedida, pues suelo endulzarlo con cigarrillo y nostalgia. No ves que renuncio a la diafanidad de tu alma por esta elegía precaria, que solo le escribe a muertos que enaltezco con flores y a unos ineluctables ojos que hoy me observan desde un rincón del olvido.
No creo en tu promesa de retirar esta carátula sórdida, pues esa apostasía es ya un mandamiento olvidado por mi fe, que, escuchando el silencio de Dios, decidió exorcizar las erinias que la custodian, atacando su divina comedia con una herejía que no distingue entre el amor puro y la inmaculada muerte.
Ignoras que me desvanezco en las madrugadas para ahorrarte el café de la despedida, pues suelo endulzarlo con cigarrillo y nostalgia. No ves que renuncio a la diafanidad de tu alma por esta elegía precaria, que solo le escribe a muertos que enaltezco con flores y a unos ineluctables ojos que hoy me observan desde un rincón del olvido.