Suelen decir que el alivio
para el desamor es pensar
en las cosas malas que
el ser opuesto te hizo.
Los desengaños, la traición,
el desprecio, las mentiras,
la falsa caricia, la mirada esquiva,
los golpes y hasta las palabras hirientes.
Pero, ¿qué tal si nada de eso sirve?
Qué tal si a la memoria, tan caprichosa
y soberbia como pocas virtudes
o en este caso necedades,
solo vienen las cosas buenas
que dijo o hizo dicho ser.
Bien, se podrá decir, en pos de la justicia,
que la memoria traiciona y engaña
y que se transforma en obsesión
o en un pensamiento obsesivo
para estar a tono con la psiquis.
Y así es, y así sigue siendo:
solo vienen a esta (mi) memoria,
desmemoriada de las cosas malas,
las palabras de amor, las frases
apasionadas, los ecos de un beso
o los sonidos de las miradas
que hablan todas las lenguas
y saben de todos los idiomas.
Te amo, te adoro. eres mi vida,
no puedo vivir sin ti, te extraño tanto,
amor mío, dónde estás, te quiero
O tal vez las acciones y los gestos
que los amantes hacen cuando
son solo ellos y sus cuerpos:
la mira profunda a los ojos
hasta verse reflejado y fotografiado
en los confines de la memoria.
Miradas largas y hondas
Nacidas desde el fondo
de los mares y los pantanos,
desde las miasmas del enamoramiento.
Y qué decir de los besos, esos besos
interminables y tiernos, ligeros
y apacibles como el oleaje de
un mar en calma o tormentosos
y rebeldes como un toro bravo
que entra a la plaza y la arena
y el sol encandilan sus pupilas.
Cómo olvidar un gemido melodioso
acompasado por el vaivén del movimiento
en el cóncavo y convexo de los cuerpos,
en el ir y venir de unas manos apresuradas
y amorosas que recorren una y otra vez
los nacarados prados del vientre
o las espusuras de ébano entre las sienes.
No, no es fácil olvidar las cosas buenas
como tampoco lo es recordar las cosas malas.
No, no cuando aún se siente (¿se ama?).
Y qué decir del calor y las fragancias
de las pieles y de las voces susurradas
entre los gemidos de la madrugada.
Voces cuyos ecos resuenan como el replicar
de las campanas que anuncian
la partida o la llegada de algo inédito,
que puede ser la vida o la muerte.
Tonos, estilos, matices, degradé
de colores, de sabores, de texturas,
de sensaciones que escapan
al poder de las palabras, de las frases,
de las novelas y de los testamentos
que reivindican a los dioses
y a las divinidades encarnadas
con bellos ojos, pieles satinadas,
sexos pletóricos de exuberancias
y constelaciones desconocidas.
El dulzor de un clítoris húmedo,
la delicia de unos labios abiertos,
la plenitud de los pechos desnudos,
la fortaleza de los muslos recostados
y el fragor de los glúteos invocadores.
Espaldas de sedas mágicas, níveas,
brazos largos y estrujantes, con el brillo
camuflado entre las sombras de un cuarto de hotel.
Memoria u olvido no sirven para nada
más que para acumular como un tropel
de caballos salvajes esos momentos
imborrables y ahora inalcanzables...
para el desamor es pensar
en las cosas malas que
el ser opuesto te hizo.
Los desengaños, la traición,
el desprecio, las mentiras,
la falsa caricia, la mirada esquiva,
los golpes y hasta las palabras hirientes.
Pero, ¿qué tal si nada de eso sirve?
Qué tal si a la memoria, tan caprichosa
y soberbia como pocas virtudes
o en este caso necedades,
solo vienen las cosas buenas
que dijo o hizo dicho ser.
Bien, se podrá decir, en pos de la justicia,
que la memoria traiciona y engaña
y que se transforma en obsesión
o en un pensamiento obsesivo
para estar a tono con la psiquis.
Y así es, y así sigue siendo:
solo vienen a esta (mi) memoria,
desmemoriada de las cosas malas,
las palabras de amor, las frases
apasionadas, los ecos de un beso
o los sonidos de las miradas
que hablan todas las lenguas
y saben de todos los idiomas.
Te amo, te adoro. eres mi vida,
no puedo vivir sin ti, te extraño tanto,
amor mío, dónde estás, te quiero
O tal vez las acciones y los gestos
que los amantes hacen cuando
son solo ellos y sus cuerpos:
la mira profunda a los ojos
hasta verse reflejado y fotografiado
en los confines de la memoria.
Miradas largas y hondas
Nacidas desde el fondo
de los mares y los pantanos,
desde las miasmas del enamoramiento.
Y qué decir de los besos, esos besos
interminables y tiernos, ligeros
y apacibles como el oleaje de
un mar en calma o tormentosos
y rebeldes como un toro bravo
que entra a la plaza y la arena
y el sol encandilan sus pupilas.
Cómo olvidar un gemido melodioso
acompasado por el vaivén del movimiento
en el cóncavo y convexo de los cuerpos,
en el ir y venir de unas manos apresuradas
y amorosas que recorren una y otra vez
los nacarados prados del vientre
o las espusuras de ébano entre las sienes.
No, no es fácil olvidar las cosas buenas
como tampoco lo es recordar las cosas malas.
No, no cuando aún se siente (¿se ama?).
Y qué decir del calor y las fragancias
de las pieles y de las voces susurradas
entre los gemidos de la madrugada.
Voces cuyos ecos resuenan como el replicar
de las campanas que anuncian
la partida o la llegada de algo inédito,
que puede ser la vida o la muerte.
Tonos, estilos, matices, degradé
de colores, de sabores, de texturas,
de sensaciones que escapan
al poder de las palabras, de las frases,
de las novelas y de los testamentos
que reivindican a los dioses
y a las divinidades encarnadas
con bellos ojos, pieles satinadas,
sexos pletóricos de exuberancias
y constelaciones desconocidas.
El dulzor de un clítoris húmedo,
la delicia de unos labios abiertos,
la plenitud de los pechos desnudos,
la fortaleza de los muslos recostados
y el fragor de los glúteos invocadores.
Espaldas de sedas mágicas, níveas,
brazos largos y estrujantes, con el brillo
camuflado entre las sombras de un cuarto de hotel.
Memoria u olvido no sirven para nada
más que para acumular como un tropel
de caballos salvajes esos momentos
imborrables y ahora inalcanzables...