viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
En el cotidiano hábitat de nuestra cocina, un lunes cualquiera,
se detuvo en un suspiro y me preguntó por el día. Yo, calmo y absorto,
vertida mi mirada sobre el periódico, di término a su aliento y me convertí
en reproductor y cinta de cuanto estaba hastiada de oír.
Se deshizo la cortesía, hija de un compromiso consentido,
y su lengua contumaz, agredió contra el silencio, dando puntadas con la narración
de instantes intrascendentes de una historia vieja, consumida, vana, cíclica
Se derramó su retahíla de detalles amorfos y densos.
Me miró a los ojos y supo que ya me había ido, por lo menos desde hacía diez frases,
un café y tres ¿Me escuchas?
Furtiva impertinente, brincó una sentencia, como un geiser desconocido,
y en su poder se dibujó su estridencia.
- Tenemos que hablar, lo nuestro no funciona.
La rigidez se apoderó de mis respuestas, convaleciente aún de la herida en el corazón.
Sufría una paisajística sensación frustrada. Miraba como se desplomaba mi universo
acogedoramente rutinario.
Despacio, me contemplé desde el espejo del recuerdo,
y descubrí perplejo, que apenas podía rescatar algo tangible, palpable.
Sólo su génesis poseía una pasión, que cobarde, se fugó rauda para desvanecerse
en un laberinto de infinitas ausencias.
Tal vez lo único reprochable, era que la enfermedad de esta relación,
no la hubiera destruido antes. Una muerte rápida hubiera sido más piadosa,
y sin duda hubiera dejado en el sepulcro de nuestras mentes, un cadáver hermoso y digno.
¿Qué pensaría mi esposa, si supiera que me ha dejado mi amante?
A quien se supone que le doy, mi yo más selecto.
Esta patética situación me conllevó a la resolución de mi acto.
Su cuello se partió en mis manos, como si padeciera la enfermedad de los huesos de cristal.
Era pintora ¿Sabe? Y sus cuadros se reían con colores alegres.
Tengo uno dedicado, ahora que ella ha desaparecido, seguro que multiplican su valor.
¿Dejan colgar cuadros en las celdas, señor inspector?