R. Lamark
H.R. Lamark
Condenados
¡Oídme hermanos!,
el infierno de mil condenas nos arrecia,
somos muchedumbre sin socorro para espantapájaros pudrientes
cuando el futuro apocalíptico que nos espera se derrumba,
decantando las paredes de las patrias que no existen
y que dejan el todo al todo por casos salados.
Por el fuego de socorros que nos quema,
como por putrefactas nuestras facciones
que hemos ver bajo los ojos.
Necios surgimos como fantasmas del pecado,
arrastramos entre escuálidos la condena que nos es devota
dada por humanos imperfectamente en el quebranto,
como por la pesadumbre de milenios sin descanso,
que incita a nuestra parca amargura la pesadumbre de no ser,
cuando sus cadenas nos orientan a morir entre ventanas.
Morimos a diario,
renacemos con tal desgano e indiferencia
que nos es inútil resentir un absurdo de existir,
¡esta es la vida mis hermanos!,
¡oídme bien!,
este es el regalo más egoísta de un Dios sufriente
que descifró en el infinito metafísico
las contradictorias formas en las que en su locura
originaria la idea del sin sentido
bajo mil leguas de desesperanza.
Faltan agallas mis hermanos,
la vida es negra como pozo profundo sin salientes,
confundimos poesía con desengaño
y creemos falsos nosotros los que vivieron atrocidades perdidas
que esta condena es de nosotros los nefastos,
la tragedia de los espíritus que se obligan a sufrir,
porque en el infinito desdén de incertidumbre
muestro fatal destino siempre es la condena que nos surca en los estrabos,
lista para partir al interminable océano de las agonías.
Somos condenados,
¡escuchadme!, ¡somos condenados!,
somos los desgraciados que se revuelcan en fauces perdidas
y lloran los caminos del pensamiento atormentado.
Somos los trágicos que no portan armaduras
y que abaten desconsolados las perdidas infaustas
de cuantas batallas en abismos no creados.
Somos los infelices que comen gusanos de las piedras
y remeten del estiércol que nos untan para descansar
lo que devotamente pensamos como adepto para morir.
Somos los miseros que mendigan por las cuencas
de almas atormentadas en el hallazgo sin recela de pecados,
partiendo del olvido a la mudez inocua de sufrir.
¡Para tan solo atormentarnos!
¡para tan solamente sufrir!
Somos los funestos, los desaventurados,
los trágicos y los infaustos,
los pecadores que pagan condenas insólitas
de las penurias que aún no se cometen,
y que nos revuelcan como por animales recelados
que nunca han querido vivir.
Siempre estúpidamente condenados.
Perplejos, pensamos dolientes de miles de fracasos,
siguiendo en la deriva de un colosal abismo deformado,
cantamos canticos detestos listos para la fúnebre marcha de la desdicha
cuando entonces encontramos,
la verdad de las tumbas que crían anillos de mis manos,
¡estamos condenados!,
¡no existe salida alguna!,
ya las carretas de la muerte han partido para traer a los esclavos
que han de hacer de estos nuestros hogares
infiernos caóticos de desdenes atormentados.
Condenados hemos de vagar y reír adjunto a las trincheras,
bailaremos el juego verso de un desengaño aniquilado
de la desesperación y locura que acarreará para los intérpretes
el abnegado desencanto.
Siempre tan perversamente condenados,
miramos conyugamos al abismo y preguntamos un por qué.
Y así, sin salida alguna de estas agrias mis condenas
me pregunto,
y entonces sigo condenado…