percio
Poeta asiduo al portal
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La frente perlada, indicaba la intensidad del dolor que se producía en cada contracción, mientras que el sueño de un minuto, entre dolor y dolor, informaba que ya llevaba más de 14 horas aquel parto inducido, la cesárea no era una opción.
Antes de extinguir, la reserva de ánimo y energía, decidieron pasarla a la sala de parto, aun con poca dilatación.
Médicos y enfermeras, trabajaban al son de los gritos apagados, que brotaban por entre los dientes apretados y que explotaban con la orden:
Y a la par de la musa acostada, el esposo que la animaba diciendo:
Aquella cadena humana de blancos guantes y escalpelos , con exquisita sincronía en su labor procedían, sin importar el desvelo, hasta que un guante manchado indico que algo malo ocurría y en el silencio entendido, las miradas se cruzaron y el corazón asustado de mi pecho se salía, mis lagrimas se escaparon al ver la azul cabecita, que entre las piernas pendía , ingrávida, callada silente.
Ni el cansancio, ni el dolor, fue capaz de arrebatarle la maravillosa sonrisa, cuando mi hija en sus brazos se poso.
Solo al fin y hasta entonces, fue cuando mi esposa, mi musa, lloró.
Y así, una hija y una madre nació.
La frente perlada, indicaba la intensidad del dolor que se producía en cada contracción, mientras que el sueño de un minuto, entre dolor y dolor, informaba que ya llevaba más de 14 horas aquel parto inducido, la cesárea no era una opción.
Antes de extinguir, la reserva de ánimo y energía, decidieron pasarla a la sala de parto, aun con poca dilatación.
Médicos y enfermeras, trabajaban al son de los gritos apagados, que brotaban por entre los dientes apretados y que explotaban con la orden:
- PUJE, PUJE, PUJE.
Y a la par de la musa acostada, el esposo que la animaba diciendo:
-Ya casi mi amor.
Aquella cadena humana de blancos guantes y escalpelos , con exquisita sincronía en su labor procedían, sin importar el desvelo, hasta que un guante manchado indico que algo malo ocurría y en el silencio entendido, las miradas se cruzaron y el corazón asustado de mi pecho se salía, mis lagrimas se escaparon al ver la azul cabecita, que entre las piernas pendía , ingrávida, callada silente.
El rojo se hizo un torrente, la musa no comprendía, quiso ver y no podía, cuando alguien dijo:
DETENTE.
Mientras el doctor rompía, con una tijera el cordón, que se le había enrollado, como un collar al embrión.
Con voz de mando, sin admitir omisión, grito la voz del galeno:
- Ahora si, puje, con todo su corazón.
Y fui testigo del valor que hombre alguno ha tenido, cuando en titánico esfuerzo, una mujer, ha parido.
Y el silencio asfixiante de los segundos siguientes, fue roto por el llanto, de una inocente.
DETENTE.
Mientras el doctor rompía, con una tijera el cordón, que se le había enrollado, como un collar al embrión.
Con voz de mando, sin admitir omisión, grito la voz del galeno:
- Ahora si, puje, con todo su corazón.
Y fui testigo del valor que hombre alguno ha tenido, cuando en titánico esfuerzo, una mujer, ha parido.
Y el silencio asfixiante de los segundos siguientes, fue roto por el llanto, de una inocente.
Ni el cansancio, ni el dolor, fue capaz de arrebatarle la maravillosa sonrisa, cuando mi hija en sus brazos se poso.
Solo al fin y hasta entonces, fue cuando mi esposa, mi musa, lloró.
Y así, una hija y una madre nació.