Évano
Libre, sin dioses.
El frío de la oscura noche
era cortina de ventana abierta;
y en él los susurros inciertos,
de animalitos cobijados
por rincones de miedos titilantes,
entraban como quejidos de fantasmas.
Ruidos y paisajes verdinegros del letargo
que cubre el insomnio de la aldea,
como sombras de oníricos espectros
viajando con lo gélido que invade
conmigo los cajones que custodian
diccionarios y libros de poesías,
palabras con la esencia de la vida.
Rebuscaba las letras más sublimes
para escribir lo bello que hubiera
esperando en el adentro del olvido.
Con las estrellas infinitas,
despidiendo los cánticos del alba,
emergía la Tierra otra vez de lo inerte
para volverse a enfrentar a otro día,
a esos rayos de llamas del averno,
lanzas de un sol impávido en su trono.
Entonces comprendí lo valiente de lo vivo,
lo débil y minúsculo que soy
ante un mundo de envergadura mastodóntica.
Y alabé la belleza de ese leve
corazón que palpita los caminos
con la punta de las yemas temblorosas
y unos pies bailando y danzando al son
de tan gigante leviatán del universo.
Y aún así relevamos la esperanza
—me dije con el rostro en la alborada—,
aún sabiendo lo desigual de una batalla
que nos enfrenta a enemigo tan terrible:
a esa muerte que viste de impasible
con la armadura impenetrable de los tiempos.
¡Cómo no amar a todo lo que viene
tan indefenso a este mundo invencible!
—exclamé entre el cielo que cortaban
el vuelo de las diminutas golondrinas,
como espadas de ilusiones de lo vivo
contra lanzas de las llamas del infierno—.
era cortina de ventana abierta;
y en él los susurros inciertos,
de animalitos cobijados
por rincones de miedos titilantes,
entraban como quejidos de fantasmas.
Ruidos y paisajes verdinegros del letargo
que cubre el insomnio de la aldea,
como sombras de oníricos espectros
viajando con lo gélido que invade
conmigo los cajones que custodian
diccionarios y libros de poesías,
palabras con la esencia de la vida.
Rebuscaba las letras más sublimes
para escribir lo bello que hubiera
esperando en el adentro del olvido.
Con las estrellas infinitas,
despidiendo los cánticos del alba,
emergía la Tierra otra vez de lo inerte
para volverse a enfrentar a otro día,
a esos rayos de llamas del averno,
lanzas de un sol impávido en su trono.
Entonces comprendí lo valiente de lo vivo,
lo débil y minúsculo que soy
ante un mundo de envergadura mastodóntica.
Y alabé la belleza de ese leve
corazón que palpita los caminos
con la punta de las yemas temblorosas
y unos pies bailando y danzando al son
de tan gigante leviatán del universo.
Y aún así relevamos la esperanza
—me dije con el rostro en la alborada—,
aún sabiendo lo desigual de una batalla
que nos enfrenta a enemigo tan terrible:
a esa muerte que viste de impasible
con la armadura impenetrable de los tiempos.
¡Cómo no amar a todo lo que viene
tan indefenso a este mundo invencible!
—exclamé entre el cielo que cortaban
el vuelo de las diminutas golondrinas,
como espadas de ilusiones de lo vivo
contra lanzas de las llamas del infierno—.
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