Asklepios
Incinerando envidias
Comenzaron a afilar esa infinitud
que el vértigo siempre respira en ausencia de los vientos.
Vientos que no hace mucho, peregrinaban sobre
las inmensidades del mar.
Mantenía su trono el vértigo siempre tibio, a la
espera diaria de las matinales epifanías,
con las que, siempre, proclamar buenos augurios
para todas las expediciones que, por
tradición y ley divina, el eco
estaba obligado a realizar.
Apenas a su regreso, toda incertidumbre
y todo temor se diluían invisibles e impotentes.
Se confirmaba y así se fortalecía,
una vez más como cada día, la confianza depositada
en la supuesta finitud del mundo que se debía ratificar, sin excepción,
con el regreso, con la reverberación del original sonido.
que el vértigo siempre respira en ausencia de los vientos.
Vientos que no hace mucho, peregrinaban sobre
las inmensidades del mar.
Mantenía su trono el vértigo siempre tibio, a la
espera diaria de las matinales epifanías,
con las que, siempre, proclamar buenos augurios
para todas las expediciones que, por
tradición y ley divina, el eco
estaba obligado a realizar.
Apenas a su regreso, toda incertidumbre
y todo temor se diluían invisibles e impotentes.
Se confirmaba y así se fortalecía,
una vez más como cada día, la confianza depositada
en la supuesta finitud del mundo que se debía ratificar, sin excepción,
con el regreso, con la reverberación del original sonido.