danie
solo un pensamiento...
Se viste de luto la noche,
se despoja de su antifaz el ángel redentor
sellando con la yema de su dedo
en nuestros labios el procurado silencio.
Hemos vivido otras vidas,
otras alevosas épocas,
otras pérfidas estaciones
de un calendario sucinto
borroneado por la historia del momento.
Hoy todo lo que hemos vivido
es polvo de ámbar y fangal bajo nuestros huesos.
No hablemos de eso,
no le contemos al dios de los cielos;
nuestra memoria que se entumezca antes de gritar
las voces de la evocación de los sucesos
y nuestro cuerpo que se corroa por el tiempo
esperando a los inciensos ardientes de exoneración.
Que se oxiden nuestras alas de deseos
y nuestras pesadas cargas caigan como anclas
varadas en el piélago.
Que se congelen nuestros pasos
en las fermentadas sendas del recuerdo
y abortemos nuestros hados de triste progreso.
No le contemos al patriarca de los vientos,
a la madre tierra y su sangre inmolada
en las sombras de los perennes abismos
del urbanismo y sus helechos.
Miremos al horizonte con rasgos de indiferencia,
juguemos al azar ese legado vano,
esa nómina de defunción de nuestros ancestros.
Neguemos todo entonces
y finjamos que los heraldos del paraíso
hicieron su correcta labor.
Veamos como las horas mudas
se esculpen en los tallos y las ramas,
en los bosques y en la salve,
en los mares de una náufraga salvación.
Miremos el horizonte,
el albor sin luz,
el azul desteñido de un océano seco,
los pájaros sin canto
y los ojos petrificados de la carroña añeja.
Los espectros que dejaron nuestras botas
sobre los peñascos de un desforestado monte,
sobre la neblina y su polución
detrás de tantos anfibios muertos.
Veamos como todo el mundo busca a otro culpable
para acusarlo de su mísera.
Caminemos por los valles umbríos sin más remedio
y cuando nos miremos entre nosotros
con rostros anonadados
preguntémonos:
¿por qué todo esto?,
¿por qué el ángel de la guarda nos ha confinado su silencio?
Y durmamos por siempre
con la incógnita
del porqué de nuestra suerte.
Mañana despertáremos arropados por la luna
con la amnesia de nuestra aciaga cronología
y sus recuas de lamentos.
Despertáremos viendo cómo crear nuestras ruinas
en otra nueva Pompeya.
se despoja de su antifaz el ángel redentor
sellando con la yema de su dedo
en nuestros labios el procurado silencio.
Hemos vivido otras vidas,
otras alevosas épocas,
otras pérfidas estaciones
de un calendario sucinto
borroneado por la historia del momento.
Hoy todo lo que hemos vivido
es polvo de ámbar y fangal bajo nuestros huesos.
No hablemos de eso,
no le contemos al dios de los cielos;
nuestra memoria que se entumezca antes de gritar
las voces de la evocación de los sucesos
y nuestro cuerpo que se corroa por el tiempo
esperando a los inciensos ardientes de exoneración.
Que se oxiden nuestras alas de deseos
y nuestras pesadas cargas caigan como anclas
varadas en el piélago.
Que se congelen nuestros pasos
en las fermentadas sendas del recuerdo
y abortemos nuestros hados de triste progreso.
No le contemos al patriarca de los vientos,
a la madre tierra y su sangre inmolada
en las sombras de los perennes abismos
del urbanismo y sus helechos.
Miremos al horizonte con rasgos de indiferencia,
juguemos al azar ese legado vano,
esa nómina de defunción de nuestros ancestros.
Neguemos todo entonces
y finjamos que los heraldos del paraíso
hicieron su correcta labor.
Veamos como las horas mudas
se esculpen en los tallos y las ramas,
en los bosques y en la salve,
en los mares de una náufraga salvación.
Miremos el horizonte,
el albor sin luz,
el azul desteñido de un océano seco,
los pájaros sin canto
y los ojos petrificados de la carroña añeja.
Los espectros que dejaron nuestras botas
sobre los peñascos de un desforestado monte,
sobre la neblina y su polución
detrás de tantos anfibios muertos.
Veamos como todo el mundo busca a otro culpable
para acusarlo de su mísera.
Caminemos por los valles umbríos sin más remedio
y cuando nos miremos entre nosotros
con rostros anonadados
preguntémonos:
¿por qué todo esto?,
¿por qué el ángel de la guarda nos ha confinado su silencio?
Y durmamos por siempre
con la incógnita
del porqué de nuestra suerte.
Mañana despertáremos arropados por la luna
con la amnesia de nuestra aciaga cronología
y sus recuas de lamentos.
Despertáremos viendo cómo crear nuestras ruinas
en otra nueva Pompeya.