CELEBRACIÓN DE LA DUDA
Cae la tarde, mansamente asesinada,
sobre el cárdeno diván del horizonte.
Los ángeles oscuros de la noche
extienden delicadamente su manto de tinieblas.
Desaparecen las formas, las certezas;
nacen las intuiciones.
Los amantes.
Callan también los estridentes graznidos
de las aves que anidan en los cuévanos ocultos
mientras devoran en la oscuridad, antes sonora,
el último corazón enamorado.
El poeta percibe a su pesar
el lánguido suspiro del cristal de roca
que brota bajo los ocultos volúmenes
como una canción o un llanto,
como el vagido de alguien que nace para la muerte.
Un cántico que germina para unir
-en un sublime acto de creación-
los huecos de las pupilas vacías
con ese frágil y callado corazón
devorado por las aves.
La conjunción de las formas anuncia la llegada
del último transatlántico,
mientras el coronel, la mirada perdida tras la luna,
calcula cuántos de nosotros quedaremos
tras el estallido del postrer aneurisma.
Un permanente estado de duda
aniquila a nuestros más fértiles cerebros.
¿Son amantes?
Debe entonces, el poeta, nuevo demiurgo,
dar vida a los imprecisos volúmenes.
Él quisiera bustos perfectos
tallados en mármol pentélico.
O tal vez toscos maniquíes
como aquellos que duermen
en las obras de Chirico.
Pero ¿serán al menos amantes?
Desde el silencio absoluto no llegan
los chasquidos de los besos
ni los apagados rugidos del orgasmo.
El poeta piensa en un obituario;
son las fechas en las que los dioses mueren.
Y también los dioses fueron amantes.
Los ángeles luminosos ya se aprestan
a retirar el manto de tinieblas.
De nuevo nacerán las formas;
de nuevo una falsa claridad engañará,
cegándolos, los ojos de los hombres.
Pero no a las cuencas vacías
que juntas durmieron como amantes,
donde las aves voraces devoraron
el último corazón enamorado.
Renace la vida y se repite.
Vuelven a graznar las aves carroñeras
y desde la escuela próxima
se escucha la cantinela de los niños
aprendiendo la tabla de multiplicar.
Ilust.: "Los amantes". René Magritte
Cae la tarde, mansamente asesinada,
sobre el cárdeno diván del horizonte.
Los ángeles oscuros de la noche
extienden delicadamente su manto de tinieblas.
Desaparecen las formas, las certezas;
nacen las intuiciones.
Los amantes.
Callan también los estridentes graznidos
de las aves que anidan en los cuévanos ocultos
mientras devoran en la oscuridad, antes sonora,
el último corazón enamorado.
El poeta percibe a su pesar
el lánguido suspiro del cristal de roca
que brota bajo los ocultos volúmenes
como una canción o un llanto,
como el vagido de alguien que nace para la muerte.
Un cántico que germina para unir
-en un sublime acto de creación-
los huecos de las pupilas vacías
con ese frágil y callado corazón
devorado por las aves.
La conjunción de las formas anuncia la llegada
del último transatlántico,
mientras el coronel, la mirada perdida tras la luna,
calcula cuántos de nosotros quedaremos
tras el estallido del postrer aneurisma.
Un permanente estado de duda
aniquila a nuestros más fértiles cerebros.
¿Son amantes?
Debe entonces, el poeta, nuevo demiurgo,
dar vida a los imprecisos volúmenes.
Él quisiera bustos perfectos
tallados en mármol pentélico.
O tal vez toscos maniquíes
como aquellos que duermen
en las obras de Chirico.
Pero ¿serán al menos amantes?
Desde el silencio absoluto no llegan
los chasquidos de los besos
ni los apagados rugidos del orgasmo.
El poeta piensa en un obituario;
son las fechas en las que los dioses mueren.
Y también los dioses fueron amantes.
Los ángeles luminosos ya se aprestan
a retirar el manto de tinieblas.
De nuevo nacerán las formas;
de nuevo una falsa claridad engañará,
cegándolos, los ojos de los hombres.
Pero no a las cuencas vacías
que juntas durmieron como amantes,
donde las aves voraces devoraron
el último corazón enamorado.
Renace la vida y se repite.
Vuelven a graznar las aves carroñeras
y desde la escuela próxima
se escucha la cantinela de los niños
aprendiendo la tabla de multiplicar.
Ilust.: "Los amantes". René Magritte
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