DIEGO
Poeta adicto al portal
Cayendo la noche, acompañada de finos hilos de humedad, diviso tras el grueso vidrio de imponente hotel cinco estrellas, el deambular de transeúntes que por la hora lucen saturados por un día largo, quizá agobiante.
Yo, cómodamente sentado en el bar, pegada la nariz contra la frialdad transparente, hoy soy observador de sus vidas. Y me antoja la imaginación cruda.
Gente oscura camina la noche. Capuchas que disimulan la mascarada de dolor infame que oprimen sus pechos, sus almas.
Pequeños arrastrados por femeninas manos con urgencias de cenas tardías y obligaciones culinarias que anunciarán el fin de otras veinticuatro horas.
Mujeres que dibujan la mueca del sexo obligado por papeles amarillos que son el pasaporte a la ilusión de mejores veladas de pasión, con placer desinhibido y desprovisto de compromiso, con modelo de publicidad televisiva y mirada lasciva.
Pedazos de vidrios rotos sobre la vereda que me mira de costado. Cómplices de quién sabe qué trasnochada pena de amor herido de muerte. El borracho reclamando la vida que le pertenece.
El agua barriendo con la mugre de nuestras existencias miserables: atados de cigarrillos desesperadamente consumidos, paquetes de golosinas multicolores que se mecen cual barquitos sobre la corriente que desembocará en la boca de tormenta que todo consume.
Amantes retratados en sendos profilácticos infectos de pasión ocasional, o no.
Una rubia elegante con cara de zorra entrando velozmente a encontrarse con su amante infiel, como ella.
Los viejos amarrados por sus brazos para evitar resbalón descuidado, conformándose con lo que les toca vivir, viviendo en la espera moribunda de la muerte.
Las imponentes luces del lugar, pierden su pulso tras relámpago ingente.
Sigue cayendo la noche. Automóviles inconscientemente despreocupados por la humedad de las calles compiten por su autodestrucción y la de algún peatón malabarista.
Llega infusión pretéritamente solicitada. Mis pensamientos se ponen en pausa.
El aroma del café recién molido una noche de tormenta, distrae la ilusión de otras vidas. El humo asciende presuroso hasta mis narices que lo gozan como adicción trasnochada.
Me pasa por la cabeza tu ausente presencia, y de algún esquizofrénico modo me siento fantasmagóricamente acompañado.
Cesa de a poco la llovizna con promesas de mejores noches. Casi a un tiempo se desvanecen las visiones calmas, la observación despreocupada, sin compromisos.
La vida y la noche lucen distintas a través de un vidrio. Esta quietud arremolinada en espasmos tormentosos deleita la pasividad que hoy experimento. No tengo urgencias presentes ni futuras. No ahora mismo. Quizá, en unas horas toda calma haya pasado y anhele volver a éste lugar, donde la vida es placentera, efímera, con aroma a café, perfumada de elegante pertenencia, y sobre todo, ajena.
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Cierro el libro. Buen texto, se asemeja mucho a mi manera de escribir.
No volveré a protestar por la cuenta. No vale la pena.
Yo, cómodamente sentado en el bar, pegada la nariz contra la frialdad transparente, hoy soy observador de sus vidas. Y me antoja la imaginación cruda.
Gente oscura camina la noche. Capuchas que disimulan la mascarada de dolor infame que oprimen sus pechos, sus almas.
Pequeños arrastrados por femeninas manos con urgencias de cenas tardías y obligaciones culinarias que anunciarán el fin de otras veinticuatro horas.
Mujeres que dibujan la mueca del sexo obligado por papeles amarillos que son el pasaporte a la ilusión de mejores veladas de pasión, con placer desinhibido y desprovisto de compromiso, con modelo de publicidad televisiva y mirada lasciva.
Pedazos de vidrios rotos sobre la vereda que me mira de costado. Cómplices de quién sabe qué trasnochada pena de amor herido de muerte. El borracho reclamando la vida que le pertenece.
El agua barriendo con la mugre de nuestras existencias miserables: atados de cigarrillos desesperadamente consumidos, paquetes de golosinas multicolores que se mecen cual barquitos sobre la corriente que desembocará en la boca de tormenta que todo consume.
Amantes retratados en sendos profilácticos infectos de pasión ocasional, o no.
Una rubia elegante con cara de zorra entrando velozmente a encontrarse con su amante infiel, como ella.
Los viejos amarrados por sus brazos para evitar resbalón descuidado, conformándose con lo que les toca vivir, viviendo en la espera moribunda de la muerte.
Las imponentes luces del lugar, pierden su pulso tras relámpago ingente.
Sigue cayendo la noche. Automóviles inconscientemente despreocupados por la humedad de las calles compiten por su autodestrucción y la de algún peatón malabarista.
Llega infusión pretéritamente solicitada. Mis pensamientos se ponen en pausa.
El aroma del café recién molido una noche de tormenta, distrae la ilusión de otras vidas. El humo asciende presuroso hasta mis narices que lo gozan como adicción trasnochada.
Me pasa por la cabeza tu ausente presencia, y de algún esquizofrénico modo me siento fantasmagóricamente acompañado.
Cesa de a poco la llovizna con promesas de mejores noches. Casi a un tiempo se desvanecen las visiones calmas, la observación despreocupada, sin compromisos.
La vida y la noche lucen distintas a través de un vidrio. Esta quietud arremolinada en espasmos tormentosos deleita la pasividad que hoy experimento. No tengo urgencias presentes ni futuras. No ahora mismo. Quizá, en unas horas toda calma haya pasado y anhele volver a éste lugar, donde la vida es placentera, efímera, con aroma a café, perfumada de elegante pertenencia, y sobre todo, ajena.
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Cierro el libro. Buen texto, se asemeja mucho a mi manera de escribir.
No volveré a protestar por la cuenta. No vale la pena.